martes, agosto 1

#15

Tengo una historia en la punta de los dedos. Trata sobre una muerte adolescente y la perspectiva infantil de la muerte y la vida. Trata del momento en que sus hermanos pequeños se enteran de lo que ocurre, y también de una tía despreocupada y fría que no puede y no quiere brindar la contención ni el apoyo que ellos necesitan en ese momento. Es una historia que me contaron, que vine a conocer ahora, muchos años después, casi 23 años después. Es una historia que no es mía, pero que recuerdo un poco como si lo fuera. ¿Por qué será que es más fácil contar las historias ajenas que las propias? Ficcionalizarlas, volverlas narración. Es más fácil hablar de los otros que de uno mismo. También me gustaría contar mi historia, pero no sé cómo empezar. Por ahora, intentaré contar la de los otros. La historia de los niños que se enteraron que su hermano mayor había muerto en un accidente durante un paseo escolar a los catorce año. La historia del niño ángel que me salvó de morir a los siete años. La historia de mi familia.
Tengo otra historia en la punta de los dedos, pero más bien pende de un hilo en mi corazón. Esa historia duele mucho todavía, y no sé si sea capaz aún de contarla. Tampoco sé si quiero hacerlo. Ni siquiera he logrado contármela a mí misma, hacer de ello un libro, un capítulo terminado de mi vida. Esta historia hace que me cuestione la linealidad de la narrativa y la posibilidad de contar una historia de manera simultánea, en un trazo fragmentado, medio afantasmado -pero no sé si quiero contarla, no sé si alguna vez querré. No estoy lista para exponerme de esa manera. Tal vez, por ahora, volveré a las historias de los otros, o a las historias de antes, las que puedo remirar y reeditar. Por ahora.

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