martes, julio 11

Azul grisáceo

Cuando el verano se marchó le dejó un gustillo amargo en los labios. Contradicción absurda, dicen por ahí, pues los tiempos del sol suelen ser los más dulces de todo el año.
Con la llegada del otoño su sonrisa se quedó junto a las hojas, en el suelo, revoloteando entre el asfalto húmedo y las pisadas de los transeúntes siempre apresurados. Jamás había tenido el corazón tan gris. Azul grisáceo, tal como el cielo en día de tormenta. Tal vez, si se disfrazaba de esas personas con tendencia a creer en todo, más allá de la veracidad o inverosimilitud de lo que su mente podía llegar a imaginar, el invierno le traería cosas mejores y su corazón volvería a ser tan rojo como siempre.
Pero ese tipo de pensamientos pertenecía a la gente que creía. Y había dejado de formar parte de ese grupo hacía ya mucho tiempo -exactamente, hacía dos años, tres meses, una semana y cuatro días.

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