domingo, junio 25

Viento de Noviembre

Estoy mirando mi reflejo en el ventanal del café. No puedo ver mi cara, pero imagino mi expresión en este momento. Sostengo en las manos una taza de té que se está enfriando, que no he tomado, que no logra entibiarme. Veo mi silueta, la mochila a mi lado. Tú a mi lado. Veo tus anteojos reflejándose enfrente de mí, la mitad de tu cuerpo hecho de vidrio y juego de luces. No sé dónde estoy. No sé qué hago aquí. Sé que hay un sillón sosteniendo mi cuerpo, pero todo lo que siento es la vibración de la música proveniente del café. Escucho la canción que decidiste mostrarme hoy. Siento los audífonos que nos conectan, pero la música no me llega del todo. Por más que me esfuerce, siento que estoy muy lejos, que no logro llegar, que no estoy aquí. Estoy en la otra realidad, en esa realidad paralela por la que te pregunté hace un rato, esa donde di vuelta mi copa de vino en el libro que leías y ahora debemos pagarlo. En esa realidad, estamos sentados en el mismo sillón. No hay té, pero sí un abrazo, y tu mano entrelazada con la mía. Por eso estoy allí, en esa realidad de hace dos meses. Por eso no escucho la música, y me pierdo en el reflejo del ventanal, en las luces que me apuntan cada treinta segundos, en la mitad de tu silueta y la mía entera, medio desdibujada por la gente que se pasea dentro del local.
De pronto, alguien se interpone entre el ventanal y yo. Un sujeto con su teléfono y una sonrisa entre tímida y sugerente que busca encontrar nuestra aprobación para hacernos una foto. Creo que nos miramos. Digo que sí, asintiendo. Ya no estoy en la otra realidad, en la realidad paralela. Ahora estoy aquí, mirando mi reflejo en el ventanal, sintiendo el calor del té entre mis manos. Nos tomó una foto, te digo, pero no escucho bien tu respuesta. No importa, de todas formas. He vuelto a esta realidad, pero aún no sé qué hago aquí.

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