jueves, junio 29

Tal vez el primer recuerdo que conservo de mi infancia es éste: tenía alrededor de dos años, tal vez menos, y caminaba por la pequeña cocina del departamento de Villa Alemana en que vivíamos. Recuerdo el piso de flexi amarillo, los gabinetes blancos con bordes rojos, y la ventana al fondo del pasillo, que a mis ojos de bebé parecía tan grande. Observaba todo con curiosidad, desde los colores hasta los aromas. No había nadie cocinando, pero mi mamá estaba allí. En algún momento, como la niña de casi dos años que era, sencillamente perdí el equilibrio y me caí, golpeándome en la frente con la orilla de uno de los muebles bajos, que estaba abierto. Me puse a llorar automáticamente, por el miedo que me causó el haberme caído, y por el dolor punzante que sentía en la frente. Recuerdo lo que sentí en ese momento; era como si algo estuviera pulsando mi nariz y frente desde adentro, intentando salir; era como si en realidad me hubiera golpeado adentro, y el dolor viniera desde allí. Duró un segundo, pero para mí fue eterno. Llegó mi papá y me sentó encima de los muebles, y sacó un trozo de mantequilla para ponérmelo en la frente. Con eso, el dolor se acabó. Ahora no puedo decir lo mismo. En este momento siento el mismo dolor que parece venir desde adentro, pulsando mi frente, mi nariz, mi cabeza. Siento que nunca se va a acabar, que seguirá conmigo para siempre, y aunque sé que no es así, ahora se siente eterno, tal como cuando tenía casi dos años. Es solo que ahora ya no está mi papá para ponerle mantequilla a mi moretón, y no hay nada que pueda sanarlo, porque no hay marcas, no hay heridas, no hay cicatrices. Solo hay dolor.

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