jueves, junio 1

El lenguaje es heteróclito y multiforme

No soy muy amiga de las ciencias lingüísticas, pero reconozco su importancia en nuestra sociedad, sobre todo en la actualidad. Y aunque no me dedique específicamente a su estudio, valoro mucho la capacidad que tiene la lingüística de mutar y adaptarse a su época, a los avances tecnológicos, a los cambios del mundo en que vivimos y, en general, a las inquietudes e intereses de los sujetos a los que estudian. A diferencia de la literatura, por ejemplo, que suele ser la última de las artes en sumarse a los cambios de perspectiva del sujeto, la lingüística a veces parece, incluso, adelantarse a ellos, lo que hace del arte de estudiar el lenguaje una de las áreas de investigación que más puede aportar a la comprensión del ser humano como ser social, inserto en un tiempo y un espacio específicos. Por eso, cuando una persona que se dedica a estudiar el lenguaje se introduce en el mundo de la pedagogía, comienza a desarrollarse un diálogo sumamente enriquecedor entre ambas áreas. Para pasar de una a otra, se vuelve necesario trasladar el foco de atención precisamente a los sujetos, a quienes escuchan a diario en el aula, y dejar un poco de lado el academicismo imperante en las ciencias, desde las universidades, para pasar a lo concreto, a la realidad misma de las personas. El problema es cuando  este traslado no se lleva a cabo, cuando intentamos meter a la fuerza lo académico en una instancia que no lo es, que está saturada de conceptos y contenidos descontextualizados, lejanos al sujeto, y que necesita urgentemente ese puente entre ambos espacios, entre lo conceptual y lo humano. Quien puede llegar a hacer este puente es el profesor; somos nosotros, quienes hemos dejado de lado por un rato la lingüística y la literatura para acercarnos a la realidad de las cosas, a la enseñanza. Pero cuando esto no ocurre, nos quedamos con profesores intransigentes, que imponen sus verdades escudándose en el academicismo, en lo técnico, en los conocimientos científicos que adquirieron sagradamente durante cuatro o cinco años. Como si ese fuera el único fundamento de su forma de ver el mundo, no aceptan otros tipos de razonamientos, como aquellos basados en las experiencias, en los ejemplos, en la sociedad. Hoy fui testigo y participante de una discusión muy tradicional, pero que, sin embargo, nunca esperé encontrar en el espacio de la sala de clases de mi universidad, mucho menos entre personas adultas que manejan un nivel de conocimientos y habilidades comunicativas similares. Una de las partes se mostró completamente intransigente, negándose a escuchar los argumentos del resto y refugiándose únicamente en las conclusiones teóricas sobre el lenguaje: si una palabra es una construcción social, no podemos cuestionarla, porque nace ante una manifestación de los sujetos, y eso la valida ante la sociedad. Si bien esto es cierto, y podemos entender que todo lenguaje es, a fin de cuentas, una construcción que varía de acuerdo a su contexto y los significados que se le atribuyen en distintos tiempos, no podemos pretender que el hecho de surgir desde una sociedad legitima por completo su presencia en el mundo. ¿Qué pasa con los insultos, por ejemplo, que surgen mayormente desde una perspectiva negativa sobre la mujer (me refiero a cosas como hijo de perra, o zorra, entre muchos otros chilenos que no vale la pena mencionar aquí)? ¿Qué pasa con los insultos raciales, como culombiana, que tanto escucho cada vez que voy a Antofagasta? ¿Acaso son válidos porque surgieron en un contexto determinado y pueden ser explicado dentro de términos de fenómenos lingüísticos y sociales? Sí, podemos comprender el trasfondo de las palabras y sus significados, a qué aluden, por qué surgen, pero eso no quiere decir que no podamos cuestionarlos. Más aún, como profesores, nuestro deber es precisamente cuestionar la manera en que estos significados se van construyendo -si no lo hacemos, ¿cómo podemos pretender introducir el pensamiento crítico a las salas? Todos los profesores jóvenes, en formación actualmente, o al menos la mayoría de ellos, propone una pedagogía crítica, que cuestione el funcionamiento de la enseñanza actual, que responda enérgicamente a las tradiciones de nuestra propia escolaridad, y que no se estanque en discusiones teóricas que no tienen mayor importancia para nuestros estudiantes, quienes viven y sienten el lenguaje de manera distinta a quienes lo han estudiado por años.

Me refiero, específicamente, a un hecho particular que ocurrió hoy en una de mis clases en la universidad, y que me sorprendió precisamente porque hasta hoy estaba completamente segura de que todos estábamos en el mismo lugar de cuestionar nuestros propios conocimientos sobre nuestras áreas de especialidad. De eso se trata la pedagogía, después de todo: de cuestionar los programas, los contenidos, los lenguajes utilizados, para hacerlos propios y plantear una perspectiva propia que mueva a los estudiantes, que los haga preguntarse por las cosas, cuestionar el mundo, cuestionar lo establecido y lo oficial. Si no, ¿por qué estamos educando? ¿Queremos que repitan? ¿Queremos que solo entiendan lo que hay detrás, pero que no vayan más allá de eso? ¿Queremos que sepan cada vez más, y que vayan llenando canastos y canastos con datos y teorías, sin perspectiva crítica? Si la pedagogía me ha enseñado algo, es que mi conocimiento no es absoluto. Sé mucho sobre muchas cosas, pero al momento de establecer las relaciones con los estudiantes, no puedo apoyarme tan solo en él; un conocimiento que, después de todo, está hecho y pensado para unos pocos, para los veinte que logramos graduarnos hace dos años, para los dieciséis que nos reunimos cada jueves en una sala que parece transporte público. Tengo que hablar de la realidad, desde ella, para ella, y en ella. Educar es poder observar y comprender esa realidad para luego, desde allí, llegar a establecer una relación entre todo ese conocimiento enciclopédico almacenado en mi cabeza, y que esta relación sea crítica, cuestionable, tanto para mí como para los estudiantes.

Lo que ocurrió hoy me dejó con una sensación extraña.Si vamos a validar un insulto solo porque entendemos su origen y la manera en que se estableció, lingüísticamente, en nuestra sociedad, entonces no podemos esperar que los estudiantes critiquen lo que ven y escuchan a diario. Un insulto no es válido solo porque lo entendemos; de hecho, porque lo entendemos es que podemos cuestionarlo, argumentar en contra de su uso, enseñar a nuestros estudiantes a pensar por qué ciertas palabras tienen ciertos significados, y por qué deberíamos criticarlas y repensarlas antes de utilizarlas. En medio de estas reflexiones, pensé en la definición de Saussure sobre el lenguaje: heteróclito y multiforme, pues se presenta en variadas formas, y cada una de ellas tiene sus propias convenciones y normas. Saussure nunca abordó la parte social del lenguaje, pero sí la reconoció, y dentro de todo el estructuralismo de su teoría, estableció la variedad como característica principal de éste. En el contexto actual, esta variedad pasa por la multiplicidad de perspectivas que se reúnen en las lenguas, y cómo éstas dialogan permanentemente en los discursos de los sujetos, más allá de lo estrictamente técnico. Detrás de esa variedad, lo que siempre encontramos es la crítica: existen diversas posturas porque tenemos la capacidad de cuestionar, de responder ante lo que no consideramos correcto desde nuestra forma de ver el mundo. El diálogo es enriquecedor, y la multiplicidad de posturas siempre es bienvenida, pero cuando se niega la existencia de otras para imponer la propia, y se invalida al resto solo porque no piensan como tú, porque 'no tienen la capacidad de entender', como si fueran menos que tú, estamos ignorando la variedad del lenguaje, una de sus principales características desde el origen de la lingüística. El lenguaje es diálogo, es crítica, cuestionamiento, compartir y contrastar perspectivas y formas de ver el mundo. Si fallamos en percibirlo nosotros mismos, que realmente contamos con las herramientas suficientes para hacerlo, entonces no podremos jamás impulsar a nuestros propios estudiantes a que lo hagan. Y entonces, no solo estaremos negando la naturaleza misma del lenguaje, sino que, peor aún, estaremos evitando que nuestros estudiantes observen  y piensen el mundo de manera no absoluta, siempre crítica, siempre cuestionando, siempre dudando -porque desde la duda y el cuestionarse surge el saber de la experiencia.

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