viernes, enero 1

Mapamundi

Cuando era pequeño, decidió que su objeto favorito en todo el mundo eran los mapas. Cierto día su abuelo llegó a casa con un antiguo mapa dibujado en cuero, no solo de América sino que de todos los continentes, incluyendo la Antártica (algo de lo que no se enteró hasta verlo allí, en el extremo del rústico mapamundi casi como si no estuviera realmente). Pasaba tardes enteras viajando con el dedo índice entre los relieves y texturas, siempre bajo la contagiosa risa del abuelo y una taza humeante de chocolate caliente. Al llegar el fin del invierno había marcado más de cincuenta lugares que pretendía visitar junto con el abuelo, cuando fuera grande y tuviera un automóvil idéntico al que aparecía en una fotografía que él tenía en su mesita de noche. Recorrer Europa, conocer cada rincón de América del Sur y bucear en el  Caribe: el abuelo nunca puso límites, y él mismo no conocía aún el significado de esa palabra. Pronto las paredes de su cuarto estuvieron llenas de mapas de distinto tipo, actuales y medievales, políticos y físicos, grandes y pequeños. Quería ser explorador, y se imaginaba manejando por las carreteras del mundo junto a la infinita risa de su abuelo, la música de Frank Sinatra y el aroma de los rollitos de canela en el asiento trasero, los favoritos de ambos.

Pero cuando comenzó a llegar el verano su padre decidió que debía concentrarse en algo más productivo que hacer viajes imaginarios por lugares a los que nunca iría, y le regaló libros de matemáticas, de historia, de ciencias. Él se vio obligado a remplazar las tardes junto al abuelo por semanas enteras repasando las clases después de la escuela. Y en algún momento, sin darse cuenta, se vio a sí mismo rechazando las invitaciones del abuelo a viajar por el mundo, prefiriendo quedarse en la biblioteca para no fallarle a papá. Tenía nueve años, y pasó mucho tiempo hasta que volvió a probar rollitos de canela.

Las estaciones y los años siguieron su curso hasta que llegó el otoño. Durante un descanso largo, su padre lo envió a pasar el fin de semana en casa de su hermano mayor, que se había ido de casa cuando él tenía cinco. Cuando volvió a casa se encontró con las paredes de su cuarto completamente vacías. No quedaba ni un solo mapa, y el primero, el de cuero, descansaba torpemente enrollado encima de la cama. Escuchó los pasos de su madre en la escalera. Cuando se volteó a verle supo que algo andaba mal. Vestía completamente de negro, y lo único que le dijo antes de marcharse llorando fue que se pusiera su traje negro y que fuera a la sala lo más pronto posible. El abuelo había muerto. Tenía ochenta y siente años, y él apenas once. Pero después de esa tarde, decidió que todos los planes de viajes y aventuras habían sido una gran mentira, y que no valía la pena seguir perdiendo su tiempo en asuntos que nunca ocurrirían de todos modos. Su padre siempre había querido que fuera profesor de Historia, tal como él, y supo que ese sería su objetivo a partir de ese momento. Nunca más escuchó a Frank Sinatra, ni pidió rollitos de canela al salir a comer. Y, después de un frío invierno en que su madre no hizo chocolate caliente ni una sola vez y dejó de esperar el sonido de una risa contagiosa, olvidó al abuelo como si se tratase de un mal recuerdo.

No hay comentarios: