miércoles, septiembre 23

El miedo a la página en blanco: tocar la inmensidad de posibilidades con la punta de los dedos, sentir la amenaza latente de lo que ya no está, lo que se ha perdido entre palabras no dichas e historias sin contar. En la esquina superior acecha la evidencia de lo que ya no soy -de lo que no volvería a ser, pero que, sin embargo, se rehúsa a dejarme en paz; me vigila en sueños, me golpea desde el fondo de mis recuerdos para derrotarme en el momento menos esperado. No soy lo que fui, no quiero volver a serlo, pero cómo duele... cómo duele haberme perdido, cómo duele la certeza de que la magia se la llevaron ellos, se quedó en esa noche eterna de océanos indomables y casas que aún hoy se caen a pedazos; cómo duele no ser posible todavía de abrazar por completo este nuevo tipo de magia. Puedo sentirla, a veces, fluyendo desde la punta de mis dedos, intentando transmitirse a otro cuerpo, a otro ser que pueda recibirla, pero no llega, no alcanza, no se puede. ¿Será que no es suficiente? ¿Será que le falta luz? ¿Será que necesita más energía? ¿Será que no existe? Tengo algo atascado aquí adentro que lucha por salir, pero se queda atrapado entre quién sabe qué cosas, qué tipo de redes que impiden torpemente su consumación. Tengo algo en la punta de la lengua que se pierde entre todo lo que digo, huye despavorido ante la posibilidad de ver la luz -¿o la oscuridad?. La página en blanco, o la soledad misma, la habitación vacía y el departamento como ausencia absoluta, como el lugar en que se hace más evidente que no está aquí, conmigo, iluminándome con su propia luz siempre azulina. El sofá vacío y la soledad. Sola es recordar que me falta algo, que a pesar de hay algo que continúa insistiendo en estar ausente. Sola es no poder mirar hacia adelante, o hacia ahora, y perderme inútilmente en lo que ya no fue, en lo que precisamente me amarra y me hunde en aguas turbias, inquietas. Sola es comprobar que esa playa también tiene una noche: el sol también se esconde, y con la luna siempre llena ya no llega la energía inmensamente vivificadora de antes, sino que siempre -desde entonces- la inquietud, el miedo, la desesperación.

¿Me ves, realmente? ¿Entiendes lo que digo cuando lo digo? ¿Cómo lo explico si esta es la única forma de decirlo?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Te extrañé