lunes, noviembre 11

Un cuarto de paredes argénteas le recibió cuando giró el pomo de la puerta. Al mirar atrás para dar las gracias, el conejo del reloj de bolsillo ya no estaba allí. Cerró la puerta tras de sí, procurando no hacer ruido: ellos, los que la habían estado persiguiendo, podrían encontrarla. Pensó que ese era un cuarto muy extraño, sobre todo por el piso medio líquido que se movía bajo sus pies mientras se acercaba a un objeto de mármol que se hallaba en el centro del lugar; al mirar hacia arriba se encontró con una enorme claraboya que dejaba entrar la luz azulina de la luna llena, cuyos rayos apuntaban directamente al curioso objeto de mármol. Era una especie de fuente, o bebedero. En el borde de la superficie redonda había tres palabras inscritas, en relieve: nosce te ipsum. Repasó las letras góticas con la yema de los dedos, apenas rozándolas, y percibió por el rabillo del ojo que el agua azulina de la fuente comenzaba a agitarse ligeramente, como si sus dedos hubiesen transmitido un deseo de oscilación al líquido del fondo, que cada vez subía más y más. El movimiento pareció trasladarse al resto del lugar, y de pronto el suelo bajo sus pies ya no podía mantener su peso.  Justo cuando pensó que la habitación se iba a caer a pedazos y que el piso se la tragaría, creyó escuchar una voz proveniente de la fuente. Se acercó, el corazón latiéndole desbocadamente, y asomó la cabeza hacia el fondo de mármol, recelosa. Sin embargo, no pudo evitar acercarse, cuando lo que vio, como una aparición, resultó ser ella misma. Allí estaba, sonriendo, observándose a sí misma con infinita ternura. A ratos bajaba la mirada, como avergonzada, y luego, a la llamada de una cálida voz que no lograba reconocer y que parecía venir desde enfrente, volvía a mirarle de esa manera que nunca había pensado posible en sus propios ojos. Reconoció, sin embargo, cierto brillo, cierta curva en la sonrisa, que le hicieron caer en la cuenta de qué era lo que estaba observando. No se estaba mirando en una especie de espejo, sino que aquello era una escena de su vida misma, algo que ya había sucedido, o que estaba por ocurrir, o que estaba ocurriendo en ese mismo momento. Tal como si la fuente de mármol hubiese escuchado sus pensamientos, la imagen que mostraba se sacudió por unos instantes y de pronto mostró a otra persona. Claro que le conocía. Sintió que el suelo volvía a moverse, pero supo que esta vez era ella la que temblaba. Notó que la luz del cuarto se desvanecía poco a poco hasta transformarse en el brillo azul de la luna, que entraba por la claraboya, y se aferró a los bordes de mármol para ver más de cerca la imagen en el agua. Un suave hormigueo comenzó a subir por sus manos, hasta convertirse en un escalofrío que la estremeció y le hizo soltar una suave risita que pareció ser oída por el reflejo, cuya sonrisa se ensanchó aún más. Se sentía como flotando. Ante esos ojos que la miraban con tanta ternura, con tanta claridad, se supo mágica. Las pequeñas descargas electrizantes subían por su cuerpo y le hacían sentir ese fluir de magia y energía que solo sentía en presencia de esos ojos del reflejo. No podía dejar de sonreír. Su cuerpo parecía más liviano que nunca, y si se le hubiese ocurrido mirar hacia atrás habría visto las alas etéreas que empezaban a formarse desde su espalda. Si se le hubiese ocurrido mirar hacia atrás, habría notado la advertencia muda del conejo del reloj de bolsillo, y los pasos que se acercaban a toda carrera por el pasillo. Pero no fue necesario. Antes de que la puerta volviera abrirse, acercó, en un impulso de magia, una mano a la superficie del agua y, de pronto, se vio arrastrada hacia el fondo de mármol. Cerró los ojos, aterrada, creyendo que todo se había acabado, que la habían alcanzado, que dónde estaba la magia... pero cuando volvió a abrirlos, se encontró a su lado, caminando de su mano por un parque. Volvió a sentir ese hormigueo en la punta de los dedos, y cuando miró hacia atrás en busca del conejo, se encontró de golpe con un par de alas azules turquesa que nacían en su espalda. Y al mirarle a él, notó que, a diferencia de todos los otros  transeúntes, también las tenía. Sonrió. El amor está en el mundo para olvidar al mundo.

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