domingo, julio 21

Un cuento de hadas


Un hada azulácea camina de puntillas por el bosque en las afueras del hogar. Sonríe al reconocer entre las hojas de los árboles el sonido del laúd alegrando la celebración que se ha montado en el castillo en honor al plenilunio, y recuerda la majestuosidad del primer momento en que estuvo en una de esas fiestas, un día de abril poco después de haber aprendido a volar. Los aromas, los sonidos, los colores, los destellos de magia que se desprendían de las ropas de los comensales, mientras se deslizaban con esa gracia tan feérica por sobre el césped, y el mismo césped cubierto por una capa argéntea de gotitas de la magia que arrancaba de la felicidad de los bailarines. Se contonea al ritmo de las cuerdas, repasando con las yemas de los dedos los troncos de los árboles y las hojas cubiertas de rocío. No deja de sonreír. Siente un cosquilleo en las alas, un estremecimiento en las palmas de las manos. Sabe que está cerca, que pronto lo encontrará. Vislumbra, entonces, el lugar preciso en que batió sus alas por primera vez: era una roca lisa, contorneada, que se adaptaba a la perfección a la forma de su cuerpo, para poder sujetarla si caía. Recuerda la sensación tan extraña que la invadió cuando despegó los pies del piso, ese hormigueo en el estómago y en la piel cuando se elevó hacia las estrellas y la sonrisa que no se negaba a abandonarla, en una especie de intento por querer quedarse en ese momento un ratito más. Acaricia la superficie lisa, el cosquilleo en sus alas aumenta y sabe, entonces, que debe seguir avanzando.

Las hojas de los árboles se vuelven más grandes con cada paso que da, y aunque ya casi no escucha el laúd ni las risas de los comensales, sabe que debe seguir. Está cerca. La luz de la Luna es cada vez más fuerte, y cuando su corazón se acelera al dejar de escuchar, al fin, el murmullo de la celebración, sus pies la llevan a la orilla de un barranco, junto a un árbol con las hojas más grandes y coloridas que jamás ha visto. Y entonces lo ve. Muy a su pesar, aparta la mirada del tronco del árbol, aún embelesada por los destellos platinados que parece desprender, y mira hacia adelante. Allí está. Ése es el lugar que alguien, alguna vez hacía muchos años, había mencionado en un momento que nunca lograba recordar: el único lugar del mundo en que se podía ver la Luna en su máximo esplendor. Frente a sus ojos se despliega un cuadro de cataratas que parecen infinitas, árboles con hojas rosáceas y pequeñas luciérnagas que danzan alrededor de sus copas. La melodía del agua atraviesa sus oídos y se funde con su piel, haciendo que, sin que ella lo note, se eleve unos cuantos centímetros del suelo. Y lo que ve es aún más mágico. La caída del agua refleja con nitidez la faz de la Luna, y de pronto es como si pudiera tocarla. Más luciérnagas danzan sobre la superficie del agua, completamente bañadas de azul. Nunca ha visto nada similar, su majestuosidad no se compara ni un poco con lo que había imaginado. Era infinitamente mayor. Olvida el laúd, olvida las risas, olvida las advertencias de no alejarse del castillo. Sentada en la rama del árbol, sintiendo la magia en cada recoveco de su propia presencia, deja escapar una suave carcajada que se mezcla con las notas del agua y la melodía que interpreta la Luna. Es parte de ello, es parte de todo. Y comprende, mientras una luciérnaga se posa junto a ella en la rama del árbol, que la magia no está en las hadas que bailan en los terrenos del castillo, sino en el hechizo de una sola criatura que ha atravesado el bosque entero solo para mirar de cerca a la dama de plata.

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