lunes, julio 1

Contando experiencias de vida que a nadie le importan, tomo I

"Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas"
-(Vicente Huidobro, Arte Poética)


      Cuando tenía diez años creía fervientemente que las palabras eran capaces de abarcarlo todo. A los doce, o quizás once, me maravillaba diciendo que sí, que todo podía ser descrito a través de las palabras, que cada matiz de cada cosa podía ser verbalizado y plasmado en el papel. Pensaba que con un lápiz todo era posible, y llenaba cuadernos y cuadernos con una facilidad impresionante. Mis papás me veían y se sorprendían de que escribiera todo el jodido día, de que en las vacaciones llevara conmigo tres cuadernos y que después tuvieran que comprar más porque se me habían acabado ya todos. A los trece, más o menos, comprendí que hasta entonces había escrito puras weás. Los cuadernos eran pura mierda, con letra fea y lapicera azul (no me gusta escribir con azul); y aunque no los boté, los dejé bien guardados en el fondo del mueble, como si fueran parte del muro de la vergüenza. Desde esa edad he vivido en un constante ir y venir de percepciones acerca de la escritura. Creo que hasta los dieciséis más o menos la utilicé como herramienta de descargo, de escape, de expresión de sentimientos y todas esas cosas mamonas con que nos venden a la literatura y la escritura en general. Eso de volcarlo todo en el papel porque simplemente no puedes mantenerlo en la cabeza y todos te dicen que escribir es la mejor manera de hacerlo. Eso de que con un libro puedes escapar a otras realidades y otros mundos para salir de esta mierda de sociedad/realidad actual.

Después me puse más abstracta y mi manera de escribir comenzó a definirse junto con mi propia personalidad, casi al mismo tiempo en que terminaba el colegio. Casi sin darme cuenta, empecé a usar un tipo casi determinado de relatos, con un lenguaje más o menos definido e incluso, ahora, he llegado a reconocer hasta ciertos tópicos en mis propias cosas. Aún así, todo cambió a los dieciocho, cuando entré a la Universidad. Después de una sequía creativa, por fin volví a escribir a mediados del segundo semestre del año pasado, y desde ese momento todo ha sido un poco muy diferente.

Entré a Literatura sabiendo poco y nada de la misma, pero sin sospechar -nada hacía presagiar...- que mi percepción cambiaría por completo. Ahora me han hecho entender casi a la fuerza que la literatura y la escritura no son, como me hicieron creer toda la vida, un método de escape, si no todo lo contrario. La literatura, en sus tres grandes ramas, se encarga de poner en evidencia la realidad. Y perdonad si sueno tan academicista, pero es que puta que te cambia la vida cuando te cambia la percepción de lo que consideras tu vida. Y después de tres semestres de teorización y tecnicismos y Academias, puta que cuesta volver a recordar por qué entraste a la carrera en primer lugar, por qué te gusta tanto la Literatura. Pero nunca falta -en serio- el profo o la profa que en medio de la clase, en medio de la exposición de la teoría de la recepción, se detiene a un lado del enorme escritorio de la Chile, nos mira a todos con una sonrisa angelical y dice "¿recuerdan por qué les gusta la literatura? ¡Esto mismo es lo que nos hace amar la literatura! ¡No se olviden!" -o algo así. Nunca falta el profo que en medio del análisis de la Cena Jocosa nos mira a todos como desde otro lado y simplemente no puede evitar soltar una exclamación de alabanza a la maravillosidad de los versos de Alcázar. Nunca falta la profa que te jode la existencia universitaria, pero que en plena lectura de Baudelaire cierra los ojos en éxtasis y, antes de leer '¡En los flacos huérfanos secándose cual flores!', dice a media voz que es tremendo, que qué imagen más fantástica. Y por un segundo, en medio de la preocupación por la prueba de Latín de la hora siguiente, el trabajo que hay que entregar el viernes a las seis, los ejercicios de Lingüística que no alcanzaste a terminar y el hecho de que afuera hace un frío de los mil demonios que ni el café más fuerte sería capaz de quitar, te das cuenta de lo mágico que es todo. Recuerdas por qué pediste ese primer libro por cuenta propia para la navidad del dos mil cuatro, por qué compraste una caja con veinte lapiceras negras el año anterior, justo antes de entrar a la Universidad. Recuerdo, digo, por qué me decidí a viajar más de veintitrés hora en auto para venir a vivir a la Capital, aún cuando en algún momento de mi vida dije que jamás viviría aquí. Y aunque ahora, en este momento de mi vida, con diecinueve años, tres semestres de Literatura sobre los hombros y una visión completamente diferente de casi todas las cosas, pienso que las palabras no alcanzan, no puedo dejar de amarlas. Porque no, las palabras ya no son suficientes para describirlo todo. No todas las cosas que pienso, que siento, que pasan, que sueño, pueden ser descritas con mis palabras, y para eso existen los cinco sentidos. Pero son hermosas, ¿sabéis? Las palabras -imagínese esa misma palabra escrita en el aire, saliendo de su boca al decirla en voz alta, o de sus orejas al leerla en el silencio de su habitación cuando afuera hay dos grados celsius- tienen ese toque de magia, ese toque de azul, ese algo que hace que tantos alrededor del globo dediquen sus vidas al culto de su majestuosidad. El lenguaje, tanto oral como escrito, es el mejor regalo y el mayor don del ser humano, sepa usarlo o no. La palabra, señores, es lo que transforma en poesía esto que llamamos vivir.

4 comentarios:

Sémola dijo...

Me dio mucha risa el primer párrafo jajaja.
Mala voláa estudiar letras,pero imagino que hay cosas peores. Como el cáncer. Imagino que debes estar rodeada de muchachos lindos que piensan que las letras son hermosas. Hay cosas peores. Pocas, eso sí.

Sémola dijo...

Pero habría que ser un cabrón hijo de la más grande... para decir que escribes mal, me encanta como escribes. (no lo volveré a repetir, porque soy sumamente macho)

Anónimo dijo...

No negaré que puede ser frustrante que te cambié todo. Mas, te confezaré que una parte de mí siempre viene a leerte, desde que tengo como quince años lo hago y me encanta como escribes.

Yineisy Mota dijo...

Que curiosa es la vida... yo que pensaba que era la única a la que le había pasado algo así y descubro que no. El tiempo pasa y no se detiene, nos transformamos pero no dejamos de soñar. Tú estudiaste letras y yo idiomas y periodismo… aún te leo, considero que tienes una gran imaginación y te admiro por no dejar de escribir.

Hoy casualmente leo mis escritos, aquellos dejados en el 2008, he viajado al pasado para darme cuenta que había abandonado lo que alguna vez consideré era lo más importante para mí: escribir, y peor… darme cuenta que - a mi parecer - era buena describiendo mis locas ideas… lo abandoné todo sin haber comenzado y aún esas ganas por escribir siguen latentes, nunca dejo de narrar en mi cabeza.

¿Será tarde para retomarlo?

Tú nunca dejes de escribir.

Quizás no me recuerdes, una vez hicimos una historia compartida jajaja.

Saludos y mucho éxito.

P.D.: espero que mis ideas desorganizadas se entiendan.