domingo, junio 23

El lugar del sol

(12/06/13)

Este ser nada y la consciencia de la conciencia misma, el peso de los mundos reales e imaginarios sobre los hombros de la muñeca de trapo que acaba de volverse humana. La humanidad misma, ay, que se le cae encima apenas tropieza, y esa sonrisa forzada al encender el tercer cigarrillo de la semana, recordando el sueño peliculesco que tuvo anoche. Se pregunta, mientras el humo se escapa juguetón hacia adelante, si acaso esto es existir, si acaso es sentir todas las cosas como si fueran propias, si acaso es estar haciendo lo que te gusta pero aborrecerlo con todo el alma, o sentarse en una banca de color verde a esperar, aun sabiendo que nada llegará. Como si el cigarro pudiera darme las respuestas, piensa, riéndose un poco. Y luego murmura que es nada, que es nadie. Que es una estudiante que no estudia, una lectora que no lee, una escritora que no escribe, una amante que no ama, una mujer que (aún) no es mujer, una hija que no es hija, una nieta que no es nieta, una amiga ignorada, una cocinera que no cocina, una princesa sin reino. 'Que soy nada', dice, asustada, cerrando los ojos ante la inminencia del llanto, y se aferra con la mano izquierda al borde de la banca solo para sentir que hay algo sujetándola, algo aguantando su peso en medio de esa nada en la que se sumerge cada segundo un poco más. Y mientras ve que el cigarro se consume en su mano derecha y que un hueco comienza a abrirse paso en su pecho, piensa que le gustaría que alguien más estuviera allí, en la jodida banca, contándole historias de todo y de nada con un sonrisa desvanecida en los labios, intercambiando opiniones sobre la eternidad. Y reclama, y se pregunta, y exclama. Por qué ellos no se hunden en la nada, dice, enojada, sin importarle que la señora de más allá la mire raro; porque cuando ellos se sumergen -si es que-, cuando se hunden, lo hacen en sí mismos, en su piel, en sus pensamientos, en su arte; y los ojos se les vuelven más oscuros, pero ¡cómo brillan!, y lo que dicen es hermoso y a menudo la hacen sonreír como una nena porque no puede creer que, eso mismo. ¡Y qué bonito, qué poético y mágico sería hundirse en ella misma, y no en esta nada que se abre paso en medio de su pecho! ¡Qué poesía, qué estética tan majestuosa la de perderse, enrollarse, enredarse, hundirse, mezclarse en sí misma! ¡Y, ay, qué hermoso sería el brillo en sus ojos si pudiera poner un pie aunque fuera en su propia existencia! Pero no se va a sí misma, se vuelca en el exterior, se mezcla en los demás, se ahoga en el mar de sus detalles. Y entonces recuerda que nunca aprendió a nadar -y que estuvo a punto de aprender a volar, pero algo que eligió olvidar se cruzó en su camino.

Y los ojos se le apagan, la sonrisa se hace humo y sus luces explotan una a una, dejando en el aire ese brillo medio amarilloso durante unos segundos, como l ilusión de una esperanza que nunca fue lo suficientemente concreta como para servirle de apoyo (y vaya usted a saber qué significa eso, si ni ella lo sabe). El peso de la humanidad, las consecuencias del ser consciente de la conciencia. El resultado de darse el lujo de hablar con tantas abstracciones, de construirse mundos imaginarios y atreverse a salir diez años después -cuatro mil días después quizás sea excesivo-, de confundir el otro lado del espejo con la realidad, y de preguntarse una y otra vez qué mierda es la realidad. Piensa, entonces, que no importa cuánto lo desee, no importa cuántas horas de meditación, de vagar por la ciudad, de silencio nocturno; aún es incapaz de existir en su propia piel. No importa cuánta consciencia de la conciencia, ni el peso del universo, ni la magia de dos personas conociéndose, ni la estética de una tarde casi invernal fumando en la placita. ¡No logra alcanzarse a sí misma! ¡No puede alcanzarse sola! Y se imagina -recuerda- ese pasillo blanquecino, las rejas, siluetas y la playa y el mar y la casa, pero sabe que sola nada, que sola no, que la independencia importa un carajo cuando al espíritu se le agota día a día esa energía azulina que en otros tiempos alcanzaba para tres, y para cinco, y para crear mundos y plantar sueños y viajar a otras realidades. Recuerda, mientras observa la colilla del cigarro consumiéndose en el piso, que la energía es transferible, y se pregunta si se le perdió, si acaso se la dejó por ahí en alguien más, en una tarde como esta. Le parece que el viento le susurra palabras de consuelo, siempre tan encargado de encender sus esperanzas, de ayudarla a sonreír. Y mira hacia el cielo, y distingue el brillo de la luna creciendo justo atrás del edificio. Crece, murmura. Ya no hay nadie más en el parque. Está creciendo, dice, la luna está creciendo. Casi la siente a su lado, puede sentirse creciendo también, abriéndose paso en el bosque, aun con ese hueco en el pecho. Y la alcanza, de pronto y casi de manera imperceptible, la noción de que no está tan sola como parece estar, y que ese cansancio del alma es tan solo el punto más oscuro antes del amanecer. ¿Y por qué no?, pregunta, casi sonriendo. Si hay consciencia, si siente lo de otros, si lo sabe, si cree, si magia, si energía, si abstracciones. Y la no sola soledad. Allí, en la placita, con el cigarro olvidado, lo siente. Las estrellas y la noche, los sueños y las fotografías. La compañía. El lugar del sol.

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