domingo, junio 2

Las ventajas de ser

Puedes dejarte en muchos lugares. Dividir tu alma en siete, en treinta y tres partes, y repartirlas por el universo. Una botella en medio del océano, el tronco de un árbol en el amazonas, el jardín de infantes al que fuiste a los cuatro, la casa en que te criaste, la cima del Everest, el viejo cine de la esquina. Puedes entregarla en un frasquito de vidrio, camuflada entre popurrí y un poquito de canela. Dársela a un desconocido, a la señora del metro, al hombre de traje que acaba de subirse a la micro. Puedes quedarte en muchas personas. En el que te sonrió cuando te entregó el café esa mañana hace dos años, en la profesora que te cambió la vida, en tu madre o tu padre, los abuelos que te criaron, en la señora que te ayudó en la calle cuando estabas a punto de tirar al suelo todo lo que llevabas en los brazos, en esa persona que te quitó el sueño y el aliento durante año y medio, o en ese amigo que jamás te ha fallado. ¿Quién dice que no? ¿Por qué no dividirse? ¿Por qué ser unidad? Puedes sentir el cosmos en la punta de los dedos, perderte en el infinito. Si todos tienen/son un mundo, en algún momento todos se funden en una sola des-unidad. ¿Podrías sentirlo? La cercanía, la falta de límites. Ese caos armónico que nace cuando dos personas se conocen.

Podrías quedarte allí, dejar tu alma en las manos de quien hace quince segundos no era más que un desconocido. Podrías -¿lo sabes?- si no olvidas que el secreto está donde menos te lo esperas.

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