martes, junio 4

Como una partida de ajedrez


Creo que escogeré el caballo, porque se mueve en 'L' y siempre -siempre, no bromeo- he tenido debilidad por esa letra. Me subo, me acomodo; estoy lista para partir. Entonces llega un niñito con ojos de luna y me dice que no puedo escoger al caballo. ¡Y qué sabe él de lo que puedo o no puedo escoger! Pero claro, primero va el peón. El peón, claro que sí. Esa pequeña piececita que me observa desde la mitad del tablero, que no me llama la atención ni un poco y que apenas se ve. Me volteo resignada, medio sonriendo por haber escogido este juego y estos colores. Azul y negro -es que en serio, de todos los colores, ¿tenían que ser esos? Me sitúo junto al peón, que me saluda con timidez. La partida empieza apenas toco con la punta de los dedos parte de su cuerpecillo de mármol. Escucho a lo lejos el eco de las voces de los reyes, que me dicen que me vaya, que este no es mi juego, que lo arruinaré todo. Pero sí lo es: este ha sido mi juego desde que puse mi pie enzapatillado encima del bloque azul. Esta es mi partida, y sé que ganaré tan pronto como pueda subirme al jodido caballo azul.

La partida avanza ante mis ojos en un borrón de movimientos y sombras sin fondo. Ellos me miran, lo sé, pero yo no los veo. Me paro de puntillas, recostada sobre uno de los últimos peones, y espero. Las mujeres azulinas esperan, y aunque ya me he cansado de esperar esta vez no hay más que hacer. Y entonces, justo cuando estoy a punto de ceder ante las insinuaciones del alfil, que intenta convencerme de ir junto a él, el niñito de los ojos de luna me dice que es mi turno, que el caballo me espera. Y mientras me subo y el mundo comienza a cambiar de colores, caigo en la cuenta de que es la última jugada. Basta un solo movimiento en 'L' para que ganemos. Mi cuerpo se funde con el caballo azul, y al tiempo que la jugada final se acerca recuerdo de pronto que no sé jugar ajedrez, que nunca aprendí. Pero ya es muy tarde. El niñito de los ojos de luna ha dicho jaque mate y los reyes azules me felicitan, me sonríen porque hemos ganado. Y aunque no sé muy bien si el juego es real o el sueño de un gatito de patitas blancas, no puedo evitar reírme a carcajadas y brindar en salud de los vencidos. Porque hemos ganado. Esta partida de ajedrez es mía, y si no sabía jugar, no me di cuenta -suerte de principiantes. El niñito me sonríe y mi propia sonrisa se transforma en la figura de una mujer de casi veinte años sentada en un lugar que no logro reconocer, con el corazón latiendo a mil por hora y las manos entrelazadas con la versión casi casi veinteañera del niñito de los ojos de luna. Hemos ganado.

2 comentarios:

Sémola dijo...

Las mujeres nunca juegan bien el ajedrez. Es como un axioma. Lo malo es que las sí juegan bien, son tenebrosamente mejores (mejores que yo, por lo menos).

nicolita665 dijo...

No pude evitar sentimientos encontrados con el relato. Mi padre me enseñó a jugar ajedrez cuando no era nada más que una pelusa (así me decía él),él era algo así como mi héroe intelectual. Con el paso del tiempo, se perdía en las botellas, latas, vino en cartón... fue perdiendo piezas,primero peones y alfiles, luego los caballos, una torre y a mi reina madre. Con la torre que le quedó, salió de mi vida en un enroque. Supongo que con el tiempo vendrá el jaque mate.

Genial relato. Me encantó el final <3