martes, mayo 28

Tres de la mañana

Vivir de rodillas no es forma de ser libre. Las tres de la mañana. En la radio suena Eddie Vedder. El vaso de whisky se está acabando. No sé si queda más, no fui a comprar esta semana, no quise salir de mi casa. Allá afuera hay demasiadas personas para un misántropo como yo. Si echo una hojeada al libro de Kerouac que dejaste aquí la última vez puedo verte de forma tan nítida que da miedo. On the road, whiskys baratos, jazz argentino, jazz agrio, del malo, del que no tocan ni en los bares de mala muerte. Me encanta la voz de Eddie Vedder. Me parece escuchar tu voz recitando como poemas partes de alguna canción suya. Tus ojos brillaban tanto cuando tocaba 'Rise'... Tus labios buscando los míos, tus manos sobre mi rostro, tu risa mezclada con la mía -risa áspera, risa gutural, risa que no era risa porque nunca fui lo suficientemente feliz. Sí quedaba whisky. A veces creo que debería irme de aquí. Siempre quise mandar todo a la mierda, irme a vivir a un bosque, quizá, tipo Thoreau. Nunca olvidaré la primera vez que leí 'Don Quijote'. A ti te encantaba Don Quijote, te gustaba Sancho Panza, la historia de los molinos. Enciendo un cigarro, un Marlboro. Los Beatles me recuerdan que todo lo que necesito es amor, pero yo no necesito amor. No sé qué estoy buscando. Creo que he estado buscándote toda mi vida. Recuerdo cuando éramos adolescentes, unos críos de trece años, me mostrabas tus historias sobre tipos que fumaban Marlboro, escuchaban Eddie Vedder y tomaban whisky a las tres de la mañana. Me pregunto si acaso no soy más que otro personaje de tus historias. La gente que nos rodea suele determinar nuestra identidad, siempre lo dije. Quizás -cada vez me convenzo más de ello- no debí dejar que te fueras. Yo ya no pertenezco a ningún ismo, me considero vivo y enterrado. Hay algo en las canciones de la radio que me recuerda tremendamente a mi infancia. Recuerdo que el año pasado me encantaba ponerme los audífonos y desligarme del mundo, escribir lo que fuera con tal de escribir. Ahora eso ya no funciona, la música nunca está lo suficientemente fuerte, nunca estoy suficientemente desligado. Yo quería irme, siempre quise irme. Libertad, viajar, vagabundear, disfrutar del mundo, fumar a la luz de la luna llena en pleno desierto. ¿Quedará café en la alacena? Del brasileño, ese fuerte que me despierta del más pesado de los sueños. Tal vez nunca debí conocerte, tal vez somos como Otto y Ana. Ana murió, ¿habrás muerto tú también? Estoy solo, estoy solo al fin, y esperé tanto este momento que me asquea no ser capaz de disfrutarlo. Definitivamente no debí conocerte. Tu cabello de fuego derramado sobre la almohada, tus manos de pianista aferradas a las sábanas, tu voz de porcelana tarareando 'Michelle' desde la cocina y yo pensando en 'Norwegian Wood'. No soporto esto que soy ahora. Una vez leí una historia de un argentino que vivía en París y llamaba 'Maga' a su pareja. Argentinos raros, nunca terminé de leer 'Rayuela'. Llegué a conocerte tan bien que escuchaba tu voz en sueños, casi siempre cantando el Manifiesto de Víctor Jara. Ahora, a las cinco de la mañana, no sé si estoy soñando, durmiendo, despierto, muerto. Siempre pensé que si uno de los dos escapaba del mundanal ruido, yo sería el primero en hacerlo. Me ganaste. Ahora eres tú quien me dice 'conocía todas las reglas, pero las reglas no me conocían a mí. Para mí empieza el final del camino'. Es cierto, vivir de rodillas no es forma de ser libre. Pero mis rodillas están completamente pegadas al piso, ese mismo que tú ayudaste a fabricar. Supongo que tú fuiste la elegida para volar.

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