viernes, mayo 17

Oda al lugarcito metafísico

Santiago,
en tus calles encuentro
lluvia, smog, neblina,
señoras de mierda,
escolares desamparados,
perros saludantes
gente perdida, encontrada
que sube, que baja,
que corre, que nada
o vuela, o camina, o levita
y llora, gime, ríe, bosteza,
putea, murmura, enamora.

Y a veces me miran
pero de verdad, ¿entiendes?
Me ven.

Pero no estoy, Santiago,
me voy, lejos
lejos
allí, de donde vengo,
donde las olas chocan con el cielo
donde todo es azul
donde suenan guitarras (una guitarra)
donde mis pies se hunden en la arena
donde el cuerpo se desborda
y el espíritu se me escapa de las manos
de los dedos, de los ojos, de la boca, de pelo
y las luces argénteas lo inundan todo.

Allí -¿lo ves?
Donde la sonrisa se me confunde con las nubes,
donde el canto de las gaviotas
se une en sinfonía con el mar
y todo es un estremecimiento,
un ardor, un pétalo de sal,
un silencio, una canción
una metáfora
una epifanía
un poema -prosa poética-
un sueño
(¡Un sueño, sí!
Un sueño de batallas,
de magia, de espíritus voladores).

Y el alma se adhiere
a la superficie metafísica,
esa que está justo en la orilla,
donde la corporeidad alcanza la oceanidad.

Y alguien me sonríe.

El sol explota, entonces
-¿lo sientes, Santiago?-
Reímos a carcajadas, ¿sabes?
Los que estamos allí.
Reímos hasta sangrar,
hasta vivir.

...Donde yo vivo, Santiago,
la existencia desborda realidades.
Y si observas con cuidado
(así, con los ojos bien cerrados
y las palmas mirando al universo)
tú también lo ves:
la magia, el color ése,
el mar, el sol. A veces, también la luna.

Observa, viajero,
¡cierra los ojos,
abre las manos!
Siente el espíritu que se alza,
el alma en ascensión.
Cuando te veas a ti mismo
sabrás que, al fin,
habrás encontrado al hogar.

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