viernes, abril 26

Creo que ya no estoy en mí



Creo que estoy volando. El piso se siente ligero bajo mis pies, y el viento susurra suavemente frases inconexas alrededor de mi cabeza, erizándome la piel y desordenando mis pensamientos ya caóticos. No siento las cosas que me rodean, pasan a mi lado en una mancha borrosas de colores y luces y sombras. Todo está al menos a noventa centímetros de mí. El café no quema, la lluvia no moja, el frío no cala los huesos. Tal vez no estoy volando ya. Quizás solo me fui. Me dejé a mi misma en los ojos de un desconocido, entre el frío y las miradas y los tazones humeantes y las risas burbujeantes. Tal vez me cambié de dimensión, y en realidad estoy a la orilla del mar, escuchando a las olas chocar contra las rocas, sintiendo la brisa salina pegándose a mi cara y la arena cubriendo mis pies. Tal vez voy en la carretera, en el asiento trasero de algún bus pequeño. Suena alguna canción cuyo nombre no logro recordar, y la luna se asoma imponente por encima de la ciudad que estoy dejando atrás, despidiéndome con una sonrisa despampanante.

Creo que ya no estoy en mí. Mis ojos miran desde otro lugar, lejano, nuevo, medio azulino, con toques plateados y luces brillantes. Y allí, al inicio, alguien me saluda con timidez, sonriente. Los colores de su ropa resaltan su sonrisa, intensifican el color de los ojos que me miran con tal intensidad que siento que a partir de este momento todo es posible porque él también está allí. Y aunque a veces pienso que no debería ir, que debería quedarme en la orilla segura, que no tengo motivos para volar, o que no es necesario que me suba a ese bus, una fuerza sobrenatural guía mis pasos y me dirige directamente hacia él, que me tiende la mano dubitativo. No dice nada. Me mira, entrelaza sus dedos con los míos. Y yo no digo nada porque sé que esto está bien, que así es como tenía que ser. Que él está volando, está en la orilla del mar. Que él está allí, está aquí, y no hace falta nada más.

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