sábado, febrero 2

La receta perfecta



Despertó por el sonido seco de la licuadora en la cocina, retumbando estrepitosamente en el departamento en medio del silencio de un domingo por la mañana. La radio del pasillo sonaba bajito, y una voz femenina entonaba enérgicamente la canción. Imaginó que bailaba un poquito, meneando las caderas al ritmo de Aretha Franklin, mientras aprovechaba el ruido de la licuadora para poder cantar con toda la confianza del mundo; imaginó que probablemente no se había dado cuenta de que el ruido se colaba por debajo de la puerta de la cocina hasta la habitación, y que tal vez había creído que él se despertaría mucho después, cuando terminara lo que estaba preparando. Tras unos segundos, la licuadora dejó de sonar y la voz de Aretha (y el suave coro de la cocinera, un poco más tímido ahora que el ruido había cesado) llenó todo el pasillo. Se levantó lentamente, buscando con la mirada la camisa a cuadros que llevaba la noche anterior -esa que había ido a parar a un sofá cama junto a la ventana; revolvió su cabello, aún somnoliento, y tras calzarse las zapatillas se encaminó hacia la puerta abotonándose la camisa. Atravesó el pasillo intentando hacer el menor ruido posible, y cuando llegó a la puerta de la cocina se detuvo en el umbral, apoyándose de brazos cruzados en la pared para poder contemplarla. Estaba de espaldas a él, bailando, efectivamente, al ritmo de la música de la radio. Sujetaba con la mano izquierda el sartén y con la derecha volteaba el panqueque, utilizando la espátula como micrófono mientras esperaba que el panqueque se dorara. Él sonrió. Llevaba su camiseta (la que había usado bajo la camisa a cuadros) y los pantaloncillos de su propio pijama, se había tomado el cabello en un moño desordenado y usaba las zapatillas del día anterior. Se veía adorable, completamente natural, sin mayores preocupaciones además de acertarle a la letra de la canción y procurar que los panqueques quedaran bien. Recordó la primera vez que se había quedado a dormir, cuando ella había hecho la mejor lasaña del mundo para el almuerzo y él había preparado un sencillo desayuno que llevó a la cama cerca del mediodía. Jamás imaginó que algún día viviría algo así, que tendría ganas de levantarse a hacerle desayuno a una chica, que dejaría que ella misma usara su camiseta por todo el tiempo que quisiera, o que querría quedarse de pie en el umbral de la puerta solo para verla cocinar simplemente porque le gustaba observarla cuando hacía algo que parecía disfrutar al máximo. Ella, con su sonrisa, sus panqueques, su voz al despertar, su expresión al dormir y su brazo rodeándole la cintura durante la madrugada, se había convertido de un mes a otro en lo mejor que le había pasado, lo mejor que había encontrado en esa ciudad. Y en ese momento, viéndola cocinar, con la voz de Aretha desvaneciéndose en la radio, le pareció que su vida era la cosa más maravillosa del mundo porque ella estaba allí. Y cuando de pronto ella se volteó y pegó un gritito, y luego comenzó a reír al volver a concentrarse en los panqueques mientras él rodeaba su cintura con ambos brazos y apoyaba la barbilla en su hombro izquierdo, supo que definitivamente ese momento, ese lugar, esa chica -con todas sus virtudes y defectos, con todo lo que le hacía reír y enojar-, eran lo único que necesitaba para ser feliz.

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