martes, enero 1

Autumn Leaves



Ella lo miró. Sus ojos cristalinos escudriñaron su rostro, repasando con paciencia e infinita ternura cada uno de sus rasgos; la línea de sus labios, la cicatriz en su mejilla, casi imperceptible a simple vista, el vello facial que endurecía su expresión aún ligeramente infantil, la forma de su mandíbula, las pequeñas líneas que se formaban alrededor de su boca cuando sonreía, la suave curvatura de su nariz y la línea que se prolongaba hasta el punto exacto entre sus cejas oscuras, que a su vez enmarcaban esos ojos marrones llenos de brillo y sueños, llenos de ideas revolucionarias y de magia. Esbozó una sonrisa cuando la brisa de otoño levantó las hojas que poblaban el césped a su alrededor y desordenó su cabello, haciendo que él arrugara un poco la nariz, con expresión molesta, y que luego pasara rápidamente la mano derecha por sobre los mechones rebeldes que danzaban al mismo ritmo que las hojas. Observaba a la otra persona completamente inmerso en sus palabras, como procesando cada frase, cada idea, de manera que todo pudiese grabarse  en su cabeza, quizá temeroso de perder información importante. Sus manos asían con fuerza la mochila que colgaba de su espalda, y los dedos de su mano izquierda dibujaban pequeños patrones irregulares en la tela negra, algo que solía hacer cuando estaba realmente concentrado en algo, más aún si se trataba de algún tipo  de conversación o exposición. A veces, cuando escuchaba hablar a alguien, se concentraba tanto en lo que estaban diciendo que luego le costaba unos segundos salir del trance, y tenía que pestañear un par de veces, tomar aire, sacudir la cabeza y preguntar la fecha para poder volver a la realidad. ¡Cómo le gustaba mirarlo!... Captar cada momento, cada gesto, cada cambio en su postura o expresión facial. Más que nada, le gustaba perderse en sus ojos, en la intensidad de su mirada y en cómo, a veces, ese brillo tan suyo parecía opacar todo lo demás, todo lo que lo rodeaba. Imaginaba que su propia expresión debía ser completamente concentrada en ese momento -cada vez que lo miraba, en realidad-, incluso embelesada. Se rió suavemente, meneando la cabeza. ¿En qué momento había llegado a estar en esa situación? Pero no importaba, a decir verdad. Él estaba allí, y el brillo de sus ojos, la curvatura de sus labios al sonreír, el sonido de su risa, todo eso contribuían a su magia, esa que lograba que toda su atención estuviera en él, ese algo sobrenatural que la atraía a él de manera irrevocable.

Cuando una segunda brisa revolvió su cabello, él sacudió la cabeza y la vio. Allí, pocos metros mas allá, refugiándose del frío en su chaleco negro desteñido, lo observaba con una media sonrisa, sentada en una banca de madera. Su cabello oscuro ondeaba al ritmo del viento, y sus manos descansaban delicadamente sobre su regazo. Le dijo unas cuantas palabras de despedida a su interlocutor, le dio unas palmaditas en el hombro, sonriendo, y se acercó a ella con rapidez. Le tendió la mano, aún sonriendo; ella la tomó, levantándose, y se estremeció ligeramente ante el contacto de sus dedos cálidos con su piel usualmente fría.

-Estabas mirándome de nuevo -dijo él, su voz un poco rasposa por haber estado escuchando en silencio a su amigo durante varios minutos.
-Lo siento -suspiró-, creo que no puedo evitarlo. Además te veías muy concentrado e interesado en lo que te decían, no quise interrumpirte.

Él la atrajo hacia sí mismo y la rodeó con ambos brazos, apoyando la barbilla en su cabeza. Ella rodeó su cintura, descansando su mejilla contra su pecho, mientras él acariciaba lentamente su cabello.

-No te preocupes -dijo, después de unos segundos, una vez que la chica dejó de temblar por la brisa fría. Ella apoyó la barbilla en su pecho para poder mirarlo-. A veces yo también te miro así.

Quiso decirle más, pero no pudo. Quiso decirle que sus ojos eran magia pura, que a veces la miraba como estúpido a través de la multitud, intentando grabar en su memoria cada centímetro de su rostro porque le daba miedo que todo se acabara de un momento a otro, que su sonrisa iluminaba sus mañanas, sus tardes y sus noches, que sus labios eran perfectos y que cada vez que hablaba no podía evitar perderse en ellos... pero todo le pareció demasiado cursi, y solo llegaban a su cabeza clichés y frases armadas y toscas que probablemente una vez dichas parecerían gruñidos estúpidos y sin sentido. Nunca había sido bueno para hablar. Así es que en lugar de decir algo, simplemente tomó su rostro con ambas manos, acariciando suavemente sus mejillas con los pulgares. Sonrió de lado al contemplar sus ojos, tan transparentes y claros como siempre, y el leve rubor que se expandía poco a poco por su piel. Susurrando un te quiero, con una sonrisa amplia adornando sus facciones, la besó. De pronto, todo el frío pareció esfumarse de su cuerpo, y su pecho se llenó de esa sensación cálida y reconfortante que lo invadía cada vez que estaba con ella; sintió que todas esas historias de los cuentos de hadas eran ciertas, y pensó que si eso hubiese sido una película probablemente ya habrían explotado los fuegos artificiales, o algo maravillosamente mágico habría irrumpido en escena. Y después de todo, si eso no era magia, entonces ¿qué otra cosa podía ser?

No hay comentarios: