martes, diciembre 11

Trapped in the eyes of a stranger IV

Hacía tanto frío que podía ver su propia respiración mientras intentaba, sin éxito, abrirse paso entre la multitud en la fila del almuerzo. Buscó un asiento fuera de la cafetería, enfadada consigo misma por haber demorado tanto en llegar, mientras intentaba ajustar de alguna manera su abrigo para que el frío no la invadiera aún más. Había sido un día de mierda, hasta el momento. Tenía que quedarse en la facultad al menos por cuatro horas más y le quedaban solo veinte minutos para comer algo (y por lo visto, no lo lograría); su mejor amiga estaba enferma y no había podido ir ese día, así es que se encontraba allí, sola, envuelta en su abrigo a cuadros, confiando en que el gorrito de lana podría protegerla de la tormenta que se avecinaba. Estaba a punto de sacar el teléfono móvil para verificar la hora cuando lo vio. No es que nunca lo hubiese visto antes -era imposible cuando todos los días estaba la misma gente en la cafetería-, pero ese día había algo diferente. La atmósfera invernal, quizá, o el hecho de que sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas por la temperatura... No, nada de eso, claro que no. Eran sus ojos, sus ojos de noche, de universos, de tormentas; sus ojos de una chimenea mientras afuera nieva, y esa sensación de calidez infinita que hay en un abrazo y una taza de chocolate caliente. Eran sus ojos oscuros, ojos de Apolo, los que de pronto le hicieron creer que el frío había pasado, que no iba a llover, que su abrigo delgado era suficiente. Que todo iba a estar bien.

Él la observó a través de sus pestañas oscuras, revolviendo distraídamente su cabello igualmente oscuro. Lo miraba como si no hubiese nadie más en el lugar, como si de repente se hubiese detenido el tiempo y ya no existiera nada más en ese momento, esa hora, ese frío. Se vio a sí mismo frente a una chimenea, refugiándose de ese frío seco y despiadado, escuchando su suave voz al repasar con timidez un poema de Emily Dickinson (Dame el ocaso en una copa, enumérame los frascos de la mañana y dime cuánto hay de rocío...); se vio a sí mismo contemplando su sonrisa, repasando con la punta de los dedos las líneas de su mano, de su rostro, de sus labios. Se vio a sí mismo acercándose, reflejado en sus ojos chocolate, apartando con una mano temblorosa los mechones rebeldes de cabello que le caían sobre la frente; se vio sonriéndole mientras ella se sonrojaba, contemplando embelesado el súbito brillo que se apoderaba de sus ojos al escuchar el sonido de su voz.

Como en las películas, el resto desapareció y el mundo entero se detuvo a mirarlos, solo a ellos, a los que se miraban de esa manera en medio de las kalendas julias. Sintió que algo remecía el piso, el espíritu, el alma, el subconsciente, mientras sus pasos se acercaban y la fila del almuerzo los miraba a través de ese muro transparente que se había erigido de pronto entre la nada absurda de los que esperan y ellos -¿y qué saben los que esperan de chimeneas, de ojos brillantes, de sonrisas tímidas, de ojos oscuros, de magia? ¿Qué sabe el mundo de esa sonrisa clara que ilumina el día gris del de los ojos oscuros, de esa voz algo infantil que con una frase azarosa cambia la semana entera de la del cabello castaño? ¿Qué saben de ese lugarcito metafísico que surge tras el roce de una mano, y lo inexplicable de aquello que no se dice?

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