viernes, diciembre 28

Randomness

Recién entré a mi cuarto con una cajita de leche de chocolate en la mano, las pantorrillas acalambradas y esa sensación de aburrimiento que por lo general solo se aparece los domingos -y hoy es viernes, así que algo anda un poco mal. Me quedé mirando las paredes celestes y las repisas de madera; me topé con un cofre de madera que me regaló un amigo el año pasado, para mis dieciocho, y decidí que sería buena idea abrirlo para ver qué había echado allí. Había al menos diez cartas, entre tarjetas de licenciatura, cartas de cumpleaños escritas a mano y esas tarjetas de felicitaciones de happy days. La primera que vi era de mi mejor amiga, la que me escribió para mis dieciocho. No la leí, porque tenía dos hojas escritas por ambos lados, pero no pude evitar sonreír y que me invadiera cierta calidez cuando leí de soslayo algo así como "hemos logrado llegar hasta acá". He tenido una semana horrible desde que dejó de ser veinticuatro de diciembre, y no me gusta en realidad escribir directamente sobre mí -en primera persona, contando algo exactamente como ocurrió-, pero he estado leyendo Tokio Blues toda la tarde y debo admitir que el estilo de Murakami es pegajoso; me recuerda un poco a cuando leí Crepúsculo a los trece y andaba narrando todo lo que me pasaba, costumbre que no se me ha quitado tanto, por cierto, pero que este librillo ha sacado a relucir nuevamente en todo su esplendor esa poco encomiable cualidad. Anyway. Encontré también las tarjetas de cumpleaños que me dieron mis padres por los dieciocho, y la de licenciatura, pero no quise leerlas porque honestamente ya estaba llorando y no quería llorar aún más, por si alguien entraba a mi habitación y me veía así -lo típico. Encontré las tarjetas del licenciatura de mi mejor amiga y de otra amiga más, y sonreí -y reí un poco- al recordar que las tres habíamos decidido poner 'Hogwarts will always be there to welcome you home' en nuestras tarjetas. Ahora que lo pienso, el año pasado fue emotivo por muchísimas razones. Además de que me gradué, se lanzó la última película de Harry Potter, y recuerdo con mucha claridad ese día en que entré a la cocina haciendo pucheros, mi mamá preguntó qué me pasaba y yo, entre llantos, le dije '¡Se terminó Harry Potter!'. Puede sonar estúpido, pero es una parte muy importante de mi vida y estoy muy orgullosa de decir que si no fuera por eso probablemente en este momento no sería ni un poco de lo que soy ahora. Es difícil de explicar, pero ese libro de verdad cambió mi vida y llegó a influir en ella de maneras que no podía sospechar a los diez años, cuando empecé a leerlo. Y, en todo caso, supongo que por más que trate de explicárselo a alguien, solo yo podré entender los alcances de esa afirmación.

(...) realmente admiro que la gente me soporte. No me soporto ni yo misma, a veces -como a todos pasa alguna vez. Reclamo por todo, me enoja estar rodeada de mucha gente que no conozco, no me gusta nada y soy insoportablemente tímida. No sé por qué mis amigos se han quedado a mi lado, pero se los agradezco infinitamente, a cada uno de ellos. Creo que si no tuviera los amigos que tengo, sería una especie de intento de adolescente depresiva que se hunde en libros como Demian o Lobo estepario. Y yo los leí, pero no me hundí. Punto para mí. Pude haberme hundido irrevocablemente en el abismo de mí misma, pero gracias a que tuve la suerte de encontrarme a la mejor gente del mundo entre los doce y quince años, no lo hice.

(Cabe señalar que suena Skinny love. Oh how I love that song.)

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