domingo, noviembre 25

Sueño de una noche de invierno

-Quizás no debería decir esto, pero no quiero que llegue el momento en que debamos sacarnos las máscaras.
-¿No quieres saber con quién has estado hablando toda la noche?

Él se rió con suavidad, como temiendo ser escuchado por alguien más aparte de la persona a su lado -lo que era simplemente imposible, porque más allá de esas bancas el estruendo de la fiesta era lo suficientemente fuerte como para despertar a toda la calle (y probablemente eso estaba ocurriendo, de todos modos)-; observaba la luna con expresión serena, o al menos eso era lo que apenas se podía distinguir bajo el antifaz, y parecía demasiado absorto en sus pensamientos como para voltearse a mirarla.

-Por supuesto que quiero saber con quién he estado hablando toda la noche -respondió-, es sólo que... no lo sé, creo que quizás cuando tú lo sepas te arrepentirás de haber hablado conmigo.
-Oh, yo ya sé quién eres.

Frunció el ceño y se volteó a mirarla, alerta; ella lo vio venir y desvió rápidamente la mirada hacia los árboles que los rodeaban. Podía percibir su confusión y la pregunta no formulada, a punto de materializarse.

-¿Sabes quién soy o crees saber quién soy?
-Sé quién eres.

El sujeto sonrió un poco. Volvió a fijar la vista en la luna, casi completamente seguro de que eso era imposible, que ella no había averiguado quién era él -en serio, entre las casi mil personas que estaban presentes, ¿era realmente factible que lo supiera?- y que a las doce, sin antifaces, la presentación sería completamente novedosa y no se encontraría con la sorpresa de haber estado todo ese tiempo con alguien que de hecho sí conocía (y en parte quería pensar que no la conocía porque no podía concebir el hecho de no haber reparado antes en alguien como ella).

-¿Estás segura?
-Por supuesto que sí. No por nada mis amigos me dicen Sherlock Holmes, a veces...
-¿Sherlock Holmes? ¿En serio? ¿Por qué?
-Por eso mismo, no sé... El punto es que ya sé quién eres, y en realidad solo espero que tú no te arrepientas de haber estado hablando conmigo todo este tiempo, porque eso sería muy triste y saldría corriendo, y probablemente se me caería el zapato pero tú no te molestarías en buscarme después, porque ¿quién busca gente con zapatos en este siglo?, sería más útil que se me cayera el celular, pero eso jamás pasaría porque no permitiría que eso pasara, o quizás me caería y sería muy vergonzoso porque--
-Sí te buscaría con el zapato -la interrumpió, mirando el piso. Ella alzó las cejas, sorprendida, y estuvo a punto de preguntarle algo, pero él continuó hablando:- Pero eso sería imposible, ¿no crees? Estás usando botas, no podrías ser como Cenicienta.
-Ah, qué pena, me gustan las princesas.

Guardaron silencio durante unos minutos. Ella sabía que, en todo caso, eran casi las doce, y que la música se detendría abruptamente de un segundo a otro para que todos se sacaran los antifaces y revelaran sus identidades secretas. No quería hacerlo. Sabía perfectamente que ella no era precisamente quien él esperaba encontrar allí, pero no podía hacer nada para cambiarse a sí misma, y tampoco podía irse así como así. Lo miró, sonriendo. Claro que sabía quién era él. Conocía perfectamente su sonrisa, su tono de voz era inconfundible, y ese antifaz no hacía mucho por ocultar los ojos oscuros que brillaban con especial intensidad bajo la luz de la luna, o el cabello desordenado que solo podía ser suyo.

La música se detuvo de un momento a otro, sin previo aviso. Se miraron con nerviosismo. Él fue quien se sacó la máscara primero, medio pensando que si ella decía ya saber quién era entonces nada podía ir demasiado mal si lo hacía. Ella sonrió.

-Hola.
-¿Acertaste?
-Soy Sherlock Holmes, por supuesto que acerté -bromeó.

La chica hizo ademán de retirar el antifaz de su rostro, pero él apartó sus manos con suavidad y se acercó para desatarlo por su propia cuenta. Ella cerró los ojos con fuerza. Cuando sintió que ya no había nada ocultando su identidad, llevó ambas manos a la cara y balbuceó algo ininteligible. Pero él no se movió. Sonriendo, tomó sus manos y las apartó de su rostro, descubriendo a una muchacha completamente sonrojada y avergonzada, que observaba fijamente el piso.

-Así que... eh, ¿hola de nuevo?

Se rió nuevamente, pero no le respondió. La observó durante unos segundos, sin soltar sus manos, casi sin poder creer que no había adivinado que era ella. La verdad es que, en todo caso, no tenía cómo saberlo. Había escuchado su voz muy pocas veces y el antifaz era demasiado grande para su rostro, por lo que apenas se distinguían sus rasgos. Aunque, a decir verdad, debió haber reconocido esas manos, porque solo ella tenía esa cantidad de anillos y brazaletes.

-Ahora puedes salir corriendo si quieres, no te voy a decir nada si lo haces.
-No voy a salir corriendo -dijo, soltando sus manos, pero sin dejar de mirarla. Ella lo miró.
-¿Por qué no?
-Porque en el fondo estaba esperando que fueras tú la persona debajo del antifaz.


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