domingo, noviembre 25

Julio y Emilia

No fue amor a primera vista. Él nunca había creído en ese tipo de cosas y ella pensaba que eso sólo le pasaba a los anglosajones. Era fin de semestre, la biblioteca estaba llena y cuando ella llegó con su amiga -y toda la intención de leer- no le quedó más opción que sentarse en la misma mesa que él, la única con asientos disponibles. Él pareció no notarlo, demasiado absorto en una de las novelas que debían terminar para la evaluación de la semana siguiente -pero sí lo notó, quizás demasiado, porque de pronto no supo qué era lo que estaba leyendo y tuvo que volver al mismo párrafo tres veces. Carraspeó -mal hábito suyo- y cambió la página; escuchó el murmullo de sus nuevas compañeras de mesa, algo acerca de los personajes o el contexto histórico de la obra, y no pudo evitar sonreír -esperando que ellas no lo notaran- ante lo que una de ellas había dicho, haciendo reír a la otra también. Tras unos minutos de silencio y lectura, ella lo miró. Tenía el ceño fruncido, sostenía un lápiz entre los dedos de la mano derecha y sus ojos se movían rápidamente de un lado a otro de la hoja. Ligeramente sonrojada, volvió a centrarse en su propia lectura. Cuando volvió a levantar la cabeza, esta vez para procesar algo que acababa de leer, él la estaba mirando. Se sobresaltó al verla  alzar la vista, pero en lugar de pretender que nada había ocurrido le sonrió, con esa enorme sonrisa de oreja a oreja que llenaba de vida su rostro aún infantil. Ella también le sonrió y, mirando a ambos lados de la biblioteca para comprobar que había más gente hablando alrededor, se inclinó un poco sobre la mesa y le hizo un comentario acerca de lo que acababa de leer, aún sobrecogida por ello. Percibió que su amiga la miraba sorprendida, y por un momento pensó que él no respondería; sin embargo, tras unos segundos también se inclinó sobre la mesa y le dijo que pensaba exactamente lo mismo, y que echaba un poco de menos la simplicidad de la narrativa medieval, o la obviedad dantesca, tan sencilla después de tratarla en clases. Hablaron durante unos minutos del libro hasta que ella se excusó diciendo que el personaje la esperaba y que probablemente era capaz de marcharse de esas hojas si no volvía a él. El chico dijo que su personaje probablemente ya se había ido, y tras reírse juntos por última vez, decidió que le gustaba el sonido de su risa.

A la semana siguiente, él se sentó a su lado en el sillón del vestíbulo, antes de la evaluación. Un par de compañeros más allá los miraron extrañados -¿desde cuándo esos dos hablaban?-, pero él simplemente la saludó y retomó la conversación que había quedado semi pendiente ese día en la biblioteca. Se desearon buena suerte justo antes de entrar a la sala de clases, en el umbral de la puerta, y ella tuvo que pedirle a sus amigas que dejaran de mirarla como si fuera un extraterrestre, porque ya era suficientemente vergonzoso que la mitad del resto de los presentes los hubiesen estado mirando como bichos raros durante todo ese tiempo. Ellas guardaron silencio, pero la misma amiga que había estado presente la semana anterior en la biblioteca  le sonrió pícaramente justo antes de tomar asiento y de comprobar que él, desde su habitual puesto al medio de la sala, la estaba mirando. Al salir de la prueba, él se acercó a ella y le preguntó cómo le había ido; parecía insegura, como cada vez que salía de una prueba, pero él le sonrió y le dijo que probablemente le había ido bien, porque sus reacciones al leer la novela solo podían llevar a un buen análisis, de esos que querían los profesores y que no llevaban a un 'reprobado'.

Hablaron esporádicamente por una semana, hasta que al día número dieciocho de la primera conversación una solicitud de amistad en cierta red social lo cambió todo. Ella fue quien dijo hola, con cara de sorpresa y todo, y ambos se sorprendieron al notar que al parecer tenían más cosas en común de las que habían creído.  Cierto día, al semestre siguiente, él la encontró sola en la biblioteca. Eran las diez de la mañana, la biblioteca estaba casi vacía. Le preguntó por sus amigas, ella respondió que aún no llegaban, que probablemente llegarían después de las once y que honestamente no tenía ganas de leer absolutamente nada. Él dijo que tampoco quería leer realmente, y ella le preguntó si acaso tenía ganas de ir a comer algo al casino y hacer de la mañana algo más útil que leer sin interés. Medio en broma, le dijo que se suponía que él debía ser quien la invitara a comer y no al revés. Ella le llamó anticuado.

El desayuno de las diez se hizo costumbre tras dos semanas seguidas en que las amigas no llegaron a la hora. Ya nadie los miraba como bichos raros, y nadie se sorprendió demasiado, excepto por una o dos personas, cuando un día se sentaron juntos en una clase y él le besó la mejilla espontáneamente, cuando el profesor comenzó a entregar notas pendientes, ni cuando comenzaron a robarse abrazos antes o después de clases. Las amigas dejaron de mirarla extrañadas y de preguntarle qué pasaba, y lo único que le pidieron a Julio -digámosle 'Julio'- fue que no se llevara a Emilia -digámosle 'Emilia'- durante la hora sagrada que eran los almuerzos, y que les dejaran algunos de los recesos de tres horas. No fue complicado, no fue doloroso ni misterioso; no hubo mentiras, nadie ocultó nada, nadie se avergonzó de nada. Y no fue amor a primera vista, pero a veces simplemente no vemos a 'esa' persona hasta que la tenemos frente a frente, hablándonos de libros y riéndose bajito en medio de la biblioteca.

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