jueves, octubre 25

Culpable

La brisa nocturna de primavera dio de lleno en su rostro cuando se asomó por la ventana. El único sonido perceptible en medio de la noche era la radio, sonando bajito con una canción sesentera desde la habitación. Dio un sorbo a su té, cerró los ojos. escuchó, a lo lejos, un aullido lastimero, estremecedor, que le hizo detenerse por un segundo y llegar a escuchar los latidos de su propio corazón por encima de cualquier otro sonido -pero sabía, en el fondo, que eso no era real, que nada (nadie) aullaba. Probablemente eran los efectos de la luna llena, y la luz azulina traspasando las hojas de los árboles para iluminar el suelo. Siempre era más fácil culpar a la luna. El cambio humoral, la percepción medieval. Culpar a Cortázar con el ochenta y cuatro, a la radio con sus cancioncitas deprimentes o al té con su exceso de azúcar. Todos tenían la culpa menos ella, blanca paloma revoloteando inocentemente entre las decisiones de todos, entre los palacios imaginarios de todo mundo, volando en un dragón de papel para no quemarse jamás. Pero el té quema, después de todo (antes de todo). Las cosas que no pasaron, las que pasarán, lo dicho, lo no dicho, lo que está oculto en una cajita de madera a prueba del fuego más letal (del peor de los dragones), los momentos de ilusión, los hilos que unen, los hilos cortados, las películas no vistas, las canciones no escuchadas, las conexiones perdidas; todo revuelto en una taza de té a la luz de la luna, con exceso de azúcar. La culpa es suya por marcharse, o suya por permitirlo; la culpa es suya por creer que, suya por no pensar, suya por traicionar, suya por el siempre y por el nunca. La culpa es suya por sentarse a beber la tacita de té justo en una noche de luna llena.

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