jueves, septiembre 20

Un día en el parque (o 'Prólogo')




-No quiero volver a verte.

Sus palabras tardaron en cobrar sentido dentro de mi cabeza. Lo miré durante unos segundos sin entender lo que decía, casi hipnotizada por su voz y adormecida por el viento que mecía mi cabello y llenaba mis ojos de lágrimas, impidiéndome ver las cosas con claridad. Estuve a punto de sonreír, pensando que había dicho otra cosa; sin embargo, una de las vocecitas dando vueltas en mi mente se encargó de hacerme notar que él no reía, que su expresión no era de júbilo. Me di cuenta de lo que estaba ocurriendo cuando se fue sin decirme nada más. Sus pasos resonaban en el césped húmedo por la lluvia del día anterior y su sombra se recortaba contra el piso con esa gracia aristocrática que tanto me había hechizado. No se molestó en mirar atrás, ni en devolverme la carta que acababa de entregarle –donde había escrito todos mis estúpidos sentimientos, todo lo que pensaba que él también sentía y deseaba. Creo que me dejé caer, o quizás las piernas dejaron de responderme y terminé de espaldas en el piso, sintiendo la humedad traspasar mi camiseta, pegándose en mi cabello, tocando mis manos. No quería sentir nada. Pero allí estaba, sintiéndolo todo, demasiado, completamente consciente de cada parte de mi cuerpo. Y todo dolía, todo ardía como si quemara, todo se sentía totalmente destrozado, cortado en mil pedacitos. ¿Por qué todo siempre terminaba así, con alguna pseudo despedida melodramática y mi corazón roto? ¿Por qué no podía, por alguna jodida vez en la vida, hacer las cosas bien? Y no hacía nada malo, en realidad, de verdad que no. La verdad es que el problema era que mis elecciones nunca eran las más adecuadas. Deseé que todo fuera como siempre había querido. Cerré los ojos mientras las lágrimas caían por mis mejillas, apreté los puños con fuerza, golpeando el césped, pateando algo invisible bajo mis pies. Deseé que por una vez algo saliera bien. Deseé con toda el alma que al abrir los ojos las cosas fueran diferentes, que todo eso no fuera real, que ese día en el parque no hubiese existido. No recuerdo nada más. Creo que después volví a casa, o que llamé a mi mejor amiga para tomar algo y contarle todo lo que había pasado. No, de verdad no lo recuerdo. Pero aún siento las gotitas de lluvia en el suelo, y aún recuerdo con total claridad la vocecita dentro de mi cabeza recordándome que él se había ido una vez más.

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