lunes, septiembre 3

Un buen santiaguino


Hay cosas que no pasan. Estar leyendo en el metro, esperando a esa amiga que siempre llega tarde aunque hayan quedado a una hora que ella misma propuso precisamente para no llegar tarde, y que se siente a tu lado el mismo tipo que te había llamado la atención momentos atrás, cuando entraste a la estación. Que intentes concentrarte con todas tus fuerzas en el jodido libro porque no te gusta leer las cosas a última hora -aunque faltan dos semanas para esa evaluación- y que la presencia del sujeto junto a ti no te deje hacer nada más que estar innecesariamente consciente de sus movimientos. Esas cosas no pasan. No pasa que te pregunte qué estas leyendo e intente iniciar una conversación contigo acerca del libro con pleno conocimiento al respecto, porque -¡sorpresa!- resulta que estudia en tu facultad y jamás en tu puta vida -ok, no llevas tanto como toda una vida en la ciudad- lo habías visto. Que en un descuido tuyo desaparezca, y vuelva a los pocos minutos con dos mocaccino de máquina, pequeños, y te entregue uno como si te conociera de toda la vida, adivinando, de paso, tu sabor favorito. Que tu amiga te mande un mensaje diciendo que no puede ir, y termines en Manuel Montt merodeando por la galería de libros y un cigarro mentolado en la mano. Claro que esas cosas no pasan. Pero pasan. Y no pasa que al llegar a la facultad, al día siguiente, te lo encuentres en la entrada y... y bueno, el resto es historia.

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