lunes, septiembre 10

Trapped in the eyes of a stranger III

Había esperado todo el concierto para escuchar esa canción, la última. Levantó el brazo con el encendedor en la mano, al igual que las miles de personas que estaban en el estadio en ese momento, cerrando los ojos ante los primeros acordes del tema. Sonrió. Ya no le importaba que su amiga no hubiera podido ir al concierto, no le importaba el hecho de estar allí sola ni que un idiota le había tapado la vista casi todo el tiempo; no le importaba que había perdido la chaqueta y comenzaba a hacer frío, no le importaba que su celular había sonado al menos cinco veces en los últimos diez minutos... lo único que quería era disfrutar de esa canción y borrarse del mundo por cuatro minutos con cincuenta y cinco segundos.

Comenzó a susurrar la letra de la canción junto al vocalista -no quería gritar, para eso estaban las otras miles de personas allí; la canción le parecía tan personal, tan íntima, que se imaginó a sí misma en un cuarto de madera, solamente con su voz y el piano, y la luz de unas cuantas velas iluminándolo todo. Sintió la calidez de un día de primavera, el aroma de un incienso consumiéndose en el alféizar de la ventana, la familiaridad del edredón de lana bajo su cuerpo, en la cama, y el suave roce de alguien más sentándose a su lado.

Abrió los ojos lentamente, mirando hacia su derecha mientras bajaba el brazo en mitad de la canción. No había despegado la vista del escenario durante esas dos horas, no hasta ese momento. A su lado había un chico más alto que ella, de cabello castaño y labios finos, abriendo los ojos de la misma manera que ella había hecho segundos atrás. La miró, el rastro de una sonrisa aun asomándose en la comisura de sus labios, mientras murmuraba la canción. Tenía los ojos más azules que jamás había visto en toda su vida -era como estar observando el océano en toda su majestuosidad, o como si el cielo hubiese decidido condensarse en una sola persona. Era magia. Él, la sonrisa que volvía a apoderarse de su rostro, la canción -ahora mero fondo-, esa chispa de reconocimiento que se asomaba en su mirada... Sintió que sus pies se despegaban del piso y volvió a verse a sí misma en el cuarto de madera, con las velas, el piano, la canción y el edredón de lana; sin embargo, esta vez lo veía a él, se veía entre sus brazos, acariciando su cabello, escuchando la historia que le contaba en voz baja, sintiendo sus manos acariciando su espalda y los latidos de su corazón.

La canción terminó, pero ninguno de los dos lo notó. Él pareció volver a la realidad antes que ella y, entre una risa un poco avergonzada y los gritos ensordecedores de la multitud, le tendió la mano, diciendo su nombre. Ella la estrechó -electricidad, ¿magia?- y se presentó. El lugar volvió a desaparecer, la multitud volvió a callar y la habitación de madera volvió a aparecer, con las velas, el edredón, la historia, la sonrisa, los latidos del corazón, la ventana...

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