sábado, septiembre 1

Stay the night


No quería abrir los ojos. Llevaba al menos diez minutos despierta, pero temía que al abrir los ojos de una vez por todas el mundo se le viniera encima y todo se fuera a la mierda. Tampoco quería voltearse. Probablemente él ya no estaba allí, probablemente ya se había marchado y quizás -si tenía un poco de suerte- había dejado alguna nota en la mesita de noche, o un mensaje en el celular. Ya no percibía su aroma, sabía que el otro lado de la cama estaba frío -y era como estar perdida en la inmensidad del océano. Suspiró. Su celular comenzó a vibrar y a sonar con la melodía del despertador en alguna parte del cuarto, sofocado por algo. Se levantó a regañadientes, siguiendo la familiar melodía de los Rolling que resonaba escandalosamente en el silencio del lugar. Estaba tan enfocada en encontrar el jodido aparato que no reparó en la camiseta masculina de los Ramones que yacía en el suelo, justo a los pies de la cama, ni en las converse rojas que se asomaban por debajo de su vestido, en una esquina. Cuando encontró el celular y apagó la alarma, sacó un vestido del armario -no quería usar el de la noche anterior, no quería ponerse a llorar en medio del desayuno-, y salió de la habitación, dispuesta a tomar un café muy cargado con un par de tostadas, porque no podía permitir que una estupidez de una noche de viernes le arruinara todo el fin de semana así como así.

-Ah, buenos días, por fin despiertas.

Se detuvo en el umbral de la cocina, pasmada. Ahí estaba él, no se había ido. Estaba de pie frente a la cocina, con los mismos jeans gastados de la noche anterior, la camisa cuadrillé abierta y el cabello muy desordenado. Sostenía una sartén sobre el fuego y tarareaba algo que sonaba a Kiss me, de Ed Sheeran. Se volteó a verla. Le sonrió, con las mejillas ligeramente sonrojadas, y le guiñó un ojo, sin dejar de tararear.

-Siéntate, estoy haciendo panqueques y ya puse a hervir el agua.

Se acercó lentamente a él, casi sin poder creer que estaba ahí, cocinando, tan adorable como siempre, tan... él. Le dio un suave beso en la mejilla y se sentó junto a la mesa, sujetando su rostro con una mano. Solo quería observarlo, disfrutar de su presencia, de los restos de su aroma que se mezclaban con el de los panqueques, de su voz cantando despreocupadamente. Le gustaba la manera en que su cabello caía desordenadamente por encima de su cuello, y cómo sus intento de rizos se sacudían pesadamente cada vez que se movía la cabeza; sus manos danzaban con agilidad entre el sartén y el plato donde ponía los panqueques, mientras llevaba el ritmo de la canción con la pierna derecha. De vez en cuando, al pensar que el panqueque podía quemarse, fruncía un poco la nariz y su mandíbula se tensaba, pero una pequeña sonrisa se asomaba en sus labios cuando lograba terminar de cocinarlo. Ella soltó una risita divertida -encantada- cuando él se volteó con el plato en la mano, sonriente, exclamando 'voilá!'. Lo dejó en la mesa y sirvió rápidamente dos tazas de té.

-Gracias -dijo ella, cuando le tendió la taza.

Él la miró durante unos segundos, sonriendo; dejó la taza junto a los panqueques y se inclinó, tomando su rostro entre las manos para besarla suavemente en los labios. Cuando se separaron, ella le besó la barbilla y le dijo que tomara asiento, porque la comida se iba a enfriar.

Minutos después, cuando hablaban de lo escandalosa que era su alarma, ella lo miró por encima de la taza de té, con una media sonrisa, y él le preguntó qué pasaba.

-Gracias por quedarte.

Él tomó su mano por encima de la mesa, observándola con detenimiento y una sonrisa que hizo brillar a sus ojos verdes.

-Nunca me iré.

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