jueves, agosto 23

Loving you tonight


(shoot me already, he tocado fondo)

He tenido un día de mierda, uno de esos días en que todo sale mal y sientes que el mundo ha confabulado para estar en tu contra. He estado en el estudio desde las ocho de la mañana intentando grabar algo decente, intentando crear una canción nueva que sea lo suficientemente buena –intentando no golpear a Harry o Liam, que parecen estar especialmente irritables (como yo). Mi voz dejó de funcionar bien justo después del receso de media hora que nos dimos para almorzar, y no he podido acertar a ninguna nota alta hasta ahora, que son casi las siete de la tarde. Los tipos del estudio no se rinden y pretenden que de aquí a una hora más logremos grabar algo, pero sé que eso no pasará porque cada uno de nosotros quiere mandar todo a la mierda y simplemente ir a casa. Amo mi trabajo, en serio lo amo, pero hay días como estos en que todos sabemos que debimos habernos quedado en la cama y esperar a que sea mañana. No me puedo quejar, sin embargo. Trabajo más horas diarias de las que cualquier trabajador normal podría soportar, pero es lo que amo, es lo que siempre quise hacer. No, no me quejo. Ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, es solo que… a veces hay días malos, como hoy. Pero –debo decir- los días malos son pocos y fácilmente opacados, claro está, por los días buenos. Lo peor de las cosas malas es que te joden de verdad, se meten en tu cabeza y no salen con mucha facilidad de allí. Cuando pasa algo bueno, por lo general lo aceptamos agradecidos y lo dejamos pasar casi inmediatamente; sin embargo, cuando pasa algo malo tu cerebro se encarga de recordártelo constantemente, para que no se te olvide, para que jamás llegues a creer que en la vida todo es sensacional.

Solo quiero llegar a casa. Liam se las arregló para que siguiéramos grabando mañana y consiguió sacarnos del estudio antes de las ocho. Nunca había notado lo lejos que está mi casa del estudio, o lo mucho que tarda en cambiar la luz roja en los semáforos de las avenidas. Lo único que quiero es llegar a casa, tomar algo… Espero que ella esté bien, que no se haya alargado su jornada, que su día haya sido mejor que el mío. Lo mejor de los días de mierda es tener la certeza de que al llegar  ella va a estar allí, que cuando la salude me mirará con esa sonrisa que ilumina toda la casa y me abrazará de esa manera tan suya, como de niña pequeña, como si no la hubiera visto en meses. Casi puedo sentir el aroma de su cabello, la suavidad de sus manos acariciando mi cara, su perfume impregnando mi ropa, la tela de su pijama –porque aunque apenas sean las ocho, si llegó del trabajo ya debe haberse cambiado-; casi puedo escuchar su voz preguntándome si quiero comida casera o que ordenemos algo por teléfono, o cuando reta al gato porque se subió a la mesa de la cocina y odia que sus patitas queden marcadas en el mantel. Le diré que cocinemos algo nuevo, o que me enseñe esa receta de su mamá que guarda con tanto recelo en la mesita de noche; y si está muy cansada, prepararé algún tipo de pasta rápida, se la llevaré a la cama y si no se queda dormida le diré que veamos alguna de las miles de películas que tiene en el armario. Ella es lo mejor de mis días –buenos o malos, siempre. Me gusta llegar a casa si está ella. Si no está, me gusta aún más ir a buscarla al trabajo, cuando no tengo grabación o ningún tipo de compromiso. A veces la sorprendo con alguna canción en el auto, o su hamburguesa preferida –nunca flores, porque dice que no le gusta que mueran y se pierda su belleza. No sé qué haría sin ella. Ya me creé esta vida a su lado, no soportaría perderla por ningún motivo. Y es que me veo a su lado hasta el fin de nuestros días, cuando apenas podamos movernos, cuando solo podamos mirarnos a los ojos y estar el uno al lado del otro. Me he vuelto insoportablemente cursi, lo sé, pero… eso es lo que hace el amor, ¿no?, te vuelve loco, te cambia, te encierra en una burbujita rosa y elimina a todas las personas a tu alrededor. Y yo la amo.

-Cariño, ¿estás en casa?

Cierro la puerta tras de mí y dejo las llaves en la mesa que está junto a la entrada, donde siempre. Mientras me dirijo a la cocina escucho el sonido de sus pasos desde nuestro cuarto, al final del pasillo; saco de la alacena el vino tinto que guardamos allí la Navidad pasada y un par de copas de cristal. No le pediré que me enseñe la receta, esta vez cocinaré yo.

Estoy de espaldas, buscando pasta en un mueble, cuando llega a mi lado, pero la siento por el aroma de su cabello que se desprende por toda la cocina. Me abraza por la cintura y dice mi nombre en un susurro, luego de un ‘hola’ cansado que interpreto como la prueba de que tuvo un día de mierda, tal como yo.

-¿Mal día, amor? –pregunto, volteándome para estrecharla entre mis brazos y besar su frente. Se ve agotada, pero igual de hermosa que siempre. Tiene puesto el pijama, por supuesto, y el cabello sujeto en esa trenza que se hace cuando se baña después de las siete.
-Pésimo –dice, sonriendo un poco- ¿Qué tal el tuyo, cariño?
-Horrible –ella se ríe-, pero mañana es sábado, tú no trabajas y yo debo ir al estudio después de almuerzo, entonces…
-¿Qué estás planeando?
-Bueno, podríamos tomar un par de copas de vino…
-¿Y es pasta lo que estás buscando? –pregunta, curiosa, poniéndose de puntillas para ver lo que estoy sacando del mueble.

-Exactamente, cariño. Ahora ve a la cama y te llevaré en unos minutos la comida.

Ella me quita la pasta de la mano, me golpea suavemente con ella y la deja junto a la cocina.

-Idiota, ¿de verdad crees que te dejaré cocinarme cuando estás tan cansado como yo? –dice- Ve a ponerte pijamas y…
-Y después vendré a ayudarte con la cocina –termino por ella, dándole un beso corto en los labios.

Cuando vuelvo a la cocina, la encuentro picando los ingredientes para la salsa y me dispongo a preparar la pasta. Ella me sonríe y me da un beso en la mejilla. Las copas de vino están servidas en la mesa, y al parecer el gato está durmiendo –o salió por ahí- porque no lo escucho maullar. Si tuve un día de mierda, ya no me acuerdo, de verdad que no. Estar preparando la cena con ella, en pijamas, con el canal de viajes de fondo en la televisión del cuarto, es el mejor final del día que puedo tener. 

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