viernes, agosto 24

Silencios



Esa sensación de calidez infinita que le invade cuando toma entre las manos heladas una taza de chocolate caliente, por la tarde, cuando empieza a esconderse el sol y el cigarrillo se consume en el cenicero... el sonido de su propio corazón acelerándose y llenando toda la habitación cuando recibe un mensaje de texto anunciando la pronta visita de la persona que siempre, sin importar nada, se despide con un te quiero y un beso en los labios. Sonríe. Hace frío, puede ver el vaho que se desprende de sus labios cuando contesta el teléfono y le responde a su amiga que todo va bien, genialífico, que aprobó todo por fin y que ahora puede respirar bien por al menos otro mes más. No quiere que se termine el chocolate, teme que si eso pasa se perderá la magia del momento -o la magia del mundo, ese mundillo que se crea entre el humo del cigarro, el aroma del chocolate, el aliento vaporizado, el sonido de su corazón, el ruido de la ciudad colándose por alguna ventana y la sonrisa que ya no puede ocultar. Da una calada al cigarrillo, mientras en la radio suena Can't help falling in love; ella canta bajito, pero tan inmersa en las palabras que no escucha la puerta de la entrada cuando suena, ni los pies que se arrastran parsimoniosamente por la alfombra del apartamento, ni mucho menos la suave risa proveniente del umbral de la puerta del cuarto. Pero siente su mirada, esos ojos avellana que la contemplan con máxima ternura, como si ella fuese la criatura más hermosa que jamás ha pisado la tierra; se voltea con la taza de chocolate vacía, aún cantando. Sabe por la sonrisa en el rostro de él que el portero le dejó entrar una vez más, que olvidó ponerle llave a la puerta a propósito porque en el fondo sabía que él vendría, que a él también le ha ido bien ese día, que tiene una buena noticia porque trae las manos en los  bolsillos y lleva traje, negro con camisa azul. 

No le dice nada. Se acerca a la cama desecha y se sienta a su lado, rodeándola con ambos brazos. Tiene las manos heladas, ella las toma y las besa con suavidad, él besa su cuello y la hace estremecer -su punto débil. No dicen nada. Cuando hace frío, cuando atardece, ambos se quedan en silencio. Y es ese tipo de silencios que nadie fuera de ellos entendería, es ese silencio que sólo ella puede transformar en una canción cuando besa el tatuaje de su clavícula, que sólo él puede interpretar cuando recorre con la punta de los dedos sus brazos y muerde juguetonamente su hombro. Ella se ríe y se detiene, recostada sobre su pecho, porque quiere mirarlo, nada más que eso; contemplar sus labios finos, la curvatura de su mandíbula, su cabello liso y desordenado; se detiene con los ojos cerrados para sentir el latido de su corazón acompasado con el de él, para estar consciente de sus manos descansando sobre sus caderas y la sangre subiendo de a poco a sus mejillas. Siente que sus manos suben por su espalda hasta llegar a su pelo suelto, se acomoda sobre su pecho mientras siente sus dedos deslizarse por su cabello lentamente, con suavidad, jugueteando, y escucha que él tararea una canción -'la' canción. Abre los ojos de mala gana pero sonriente, porque le divierte ver junto a su cama, en el suelo, su saco y su camisa, su chaleco y su camiseta; la divierte deslizar las manos hacia su cinturón y la mueca que hace él, cuando le guiña el ojo y baja lentamente las manos hacia la parte baja de su espalda. Y entonces, solo entonces, rompen el silencio con un 'hola' que no significa eso sino mucho más, pero que se pierde al instante entre las sábanas azules y los cabellos negros desparramados en la almohada.

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