lunes, julio 23

Voy a romper las ventanas



Cuatro mil días -lo dice la canción, no yo. Es mucho tiempo, ¿no crees? Demasiado, diría yo. Tantos parques, tantas continuidades absurdas en medio de calles adormecidas y pasajeros con miedo. Tú nunca tenías miedo, o al menos fingías que no. Me pregunto si continúas viviendo así, al borde de la vida, lejos de todos. Intenté seguirte, pero mis pasos eran demasiado pequeños -¿o los tuyos muy grandes?. ¿Te acuerdas del metro en que nos conocimos? En ese tiempo no había hora punta, no habían pantallas planas. Jamás pensé que te conocería. Te veía a diario en la estación, con tu bolso tipo maletín café, tus gafas casi cayendo, esa expresión de desesperación porque el metro (siempre) se te iba y tú siempre retrasado, siempre corriendo. Yo siempre caminaba lento, aunque tuviese diez minutos de retraso. Cierto día, mis diez minutos de retraso coincidieron con tus milagrosos diez minutos de anticipación, ¿recuerdas?, y en un arranque de felicidad por lo que te estaba pasando me comentaste algo sobre la maravilla que era todo ese asuntito del metro tren. Te sonreí. Ese fue el momento exacto en que todo empezó. Parece estar atascado en mi cabeza, parece estar detrás de todo lo que me pasa, de todo lo que quiero decir o pensar o escribir o sentir. Sé que no era tu intención quedarte tanto tiempo, porque tampoco era la mía enredarme tanto en los ojos de una persona tan jodidamente libre como tú. Y es que me lo advertiste, pero ¿qué podía hacer? Era demasiado tarde. Siempre fue demasiado tarde, o demasiado temprano. Demasiado. Fuimos tanto demasiado dentro de lo tan poco que fuimos. Nos basamos en estaciones de metro, en Baquedano, en Bellas Artes, en unos cafés de mierda que encontraste una vez cerca del Santa Lucía, unas galerías de libros en Providencia. Tal vez la ciudad nos quedó grande, ¿no crees? ¡Es tan fácil perderse acá! A veces siento que las estaciones y las ventanas se quedaron con nuestra historia, que la arrebataron de nuestras manos. A veces se me aparece tu cara entre sueños, tu voz diciéndome que las cosas no pueden seguir así, que debes seguir corriendo porque eso es lo que haces por la vida (en serio, ¿qué manera es esa de vivir?), y despierto con la horrible sensación de que he perdido la mitad de mi vida lamentándome por esa nada que fuimos, por ese pedacito de vida que nos quitamos mutuamente. No creo que estés pensando lo mismo que yo. Nunca lo hiciste. En serio, ¿cómo es que llegamos a...? Hay tantas cosas que ahora, incluso con cuatro mil días de historias nuevas, no entiendo, que podría buscarte en cualquier momento para pedirte alguna explicación. Pero sé que no lo haré, porque sé que no te encontraré en ningún lugar. Tú no te dejas encontrar, ya no, no por mí. No, no por mí. Nunca más.

Hace dos días me bajé en Bellas Artes y creí verte al otro lado de la multitud. Tú -o quien creí eras tú- te detuviste, con tu bolso café tipo maletín gastado, los lentes bien puestos sobre la nariz, una expresión de paz casi imposible, y me miraste. No hiciste nada. No sonreíste, no te moviste. Tal vez no eras tú. Fue un momentillo, nada más que eso -nada más y nada menos. Te marchaste al instante con paso lento. No, no podías ser tú. Sin embargo, esa persona me recordó tanto a ti que decidí sentarme en el café de mierda para sentirme con diez años menos y mil sonrisas de más. No funcionó. Supongo que ya nada nunca más funcionará.

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