sábado, junio 23

Sonrío. No, no sonrío, te sonrío a ti -sí, con exageración mental y todo. Te sonrío esperando que entiendas, esperando que puedas descifrar todo lo que quiero decirte, todo lo que tengo atascado en la garganta desde hace semanas; pidiéndole a todos los dioses del Olimpo que te iluminen y te hagan comprender por qué no puedo hablarte, por qué no te saludo, por qué, en lugar de sentarme a tu lado y entablar una conversación común y corriente, me limito a sonreírte a la distancia, esperando. Te sonrío por un segundo que se me hace eterno, deseando que esta vez sí comprendas, que veas todo lo que veo yo, que recuerdes (no sé qué cosa, pero por favor...) Me sonríes de vuelta. Intento ver algo más, intento comprobar que entendiste, que lo sabes, que no es necesario que te lo diga porque sabes leerme. Y el tiempo se detiene como aquella vez -¿recuerdas?-, el tiempo se detiene y tu sonrisa ilumina todo el cuarto, pero nadie más lo ve porque soy la única persona capaz de verte -realmente verte, a ti y no todo eso que todos creen que eres-, de leerte, de saber qué piensas sin necesidad de hablarte. Pero el momento se acaba, el tiempo vuelve a correr y caigo en la cuenta de que no estamos solos, de que están todos ellos allí. Y, peor aún, comprendo que no lo entendiste, y que quizás nunca lo harás.


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