lunes, junio 4

El momento apropiado


-Sí, llévenlo a mi casa –respondió.

“Sí, llévenlo a mi casa”. La frase hizo eco en su cabeza. Se vio a sí misma alejándose de la facultad, mirándolos a todos por encima de los árboles (especialmente a él, medio sentado –desparramado- en una silla, casi inconsciente, con los brazos cayendo laxos a cada lado y la boca entreabierta), despidiéndose con un pañuelito blanco como en las películas antiguas y puteándolos por ser tan malos compañeros y delegarle a ella la función de ‘cuidadora’. Malditos. Si no viviera cerca, cosas así no pasarían. Pero nunca había podido decir que no, menos cuando se trataba de ayudar a alguien y, además, en el fondo sabía que precisamente no podía arriesgarse a que él se fuera o intentara irse a su casa en ese estado, ni mucho menos a que su madre lo viera y se armara la grande por el asuntito.

Dos compañeros lo acomodaron en el auto de una amiga, mientras él balbuceaba cosas que carecían completamente de sentido, y en menos de cinco minutos estuvieron en la casa. Lo ayudaron a subir las escaleras, lo acostaron en la cama (¿y quién les había dicho que podían dejarlo allí? ¿Dónde iba a dormir ella?), fueron al baño, ella salió a despedirlos –más que nada porque tenía que abrir la puerta- y se marcharon. Él seguía medio inconsciente, o quizá estaba durmiendo ya… no lograba descifrarlo. Nunca había estado ante un caso tan extraño. No sabía si se había emborrachado o si todo eso era producto de algún tipo de alucinógeno, ¡nadie le había dicho nada! Simplemente había aparecido en el momento apropiado y todos habían abusado de la cercanía de su casa.

-Bah, tampoco era como si hubiera podido decirles que no –murmuró, de pie junto a la cama, intentando comprobar si acaso el tipo respiraba o no. Buscó una manta y lo cubrió con ella, regañándose por ser tan jodidamente buena con una persona que no le había dirigido la palabra en toda la puta semana. Esto de ser provinciana.

Decidió que no podría dormir. Intentó acomodarse en el sofá cama –era imposible dormir en la cama, o pensar siquiera en que él se movería de allí-, pero supo que no podría pegar un ojo en toda la noche mientras otro ser humano dormía en su lecho. Ya era tarde, de todos modos. Fue por una taza de café, se acomodó frente a la computadora y las horas antes del amanecer se le fueron entre intentos fallidos de avanzar con las lecturas de la semana siguiente, una serie de partidas de ese jueguito online del que tanto hablaba su mejor amiga, un par de capítulos de Big Bang Theory (y no supo cómo ni por qué él no se despertó ante el sonido de sus carcajadas) y las conversaciones extrañas que surgen a las cuatro de la mañana con alguno de los ociosos que a esa hora siguen en las redes sociales. Había acomodado la cabeza en el escritorio, dispuesta a dormitar aunque fuera, cuando escuchó que él apenas decía su nombre.

-Cathy…

Se volteó lentamente –estaba enojada, estaba cansada, tenía hambre, tenía sueño tenía frío, el gas de la estufa se había acabado y quería putearlo, quería decirle que ahora que estaba consciente se fuera de su casa y no le hablara jamás en la vida, que había pasado una noche de mierda sólo por él y que esperaba que nunca más se volviera a repetir-, no le dijo nada. Creyó que había despertado, pero cayó en la cuenta de que seguía durmiendo cuando se acercó a él y notó que en realidad estaba soñando. Y había dicho su nombre.

-Cathy… -repitió, acomodándose sobre un lado.- Te quiero.

Intentó con todas sus fuerzas no sonreír, pero no pudo. El cansancio se le fue de un golpe y se sintió terriblemente estúpida, pero escucharlo decir eso sobrepasaba todos los límites de lo real y era sencillamente demasiado bueno como para no sentirse –aunque fuera un poco- feliz.

-Yo también te quiero –respondió.

Él abrió los ojos de golpe, con una enorme sonrisa en los labios y comenzó a reír a carcajadas.

-¿En serio? ¿No me estás mintiendo?
-¡¿Estás consciente?!
-He estado mirándote por casi una hora…
-Idiota.
-Pero me quieres.
-Escuchaste mal.
-Cathy…

Hizo el intento de volver a la silla del escritorio, pero él la tomó de la mano y la amarró en un abrazo de oso que la dejó sin aire por unos segundos. Ya no podría escapar de la situación.

-Gracias por alojarme en tu casa… y por admitir que me quieres.
-Cállate.
-Tierna.
-Idiota.

Le estampó un beso el cuello que la hizo soltar una risita (él sabía que ése era su punto débil): había ganado la batalla. Ella se rindió y se dejó caer encima de la cama, puteándolo por ser tan idiota, mientras él jugaba con su cabello y Cathy pensaba que después de todo las cosas no estaban tan mal, que no había sido tan trágico haber dicho que sí y que por algún extraño motivo a los dioses les encantaba ponerla en lo que su mente catalogaba como ‘el momento apropiado’.

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