sábado, marzo 3

Coffee & Cigarettes


Pido un café, pido lo de siempre. Enciendo un cigarrillo de los que te gustaban, los Marlboro rojos, esos que te hacían sentir todo un hombre -eso decías, you were so stupid sometimes. Supongo que he venido a recordarte, a intentar aferrarme de algún recuerdo borroso de tu rostro para no dejarte ir jamás, para quedarme junto a ti hasta el fin de los tiempos como prometí desde el día en que todo empezó. Invierno y el Starbucks de la esquina, qué mezcla más hermosa... Me parece escuchar tu risa sarcástica entre el bullicio del lugar, casi siento tus dedos repasando con cuidado las líneas de mi mano derecha, dibujando pequeños círculos cerca de mi muñeca; creo percibir que tu perfume aparece de la nada para llevarme lejos, para sacarme del infierno en que se ha convertido esta ciudad desde que te marchaste. Dijiste que sería difícil, dijiste que nos extrañaríamos, que vendrían días de tormentas casi insoportables... ¡dijiste tantas, tantas cosas! Puedo ver tus palabras dibujándose en el aire, dando vueltas alrededor de mi cabeza junto al sonido de las cuerdas de mi guitarra estremeciéndose ante tu roce. Si me concentro, puedo verte en la fila frente a mí, tras la caja, pidiéndole a la cajera entre sonrisas encantadoras que por favor te explique el asunto del cambio en monedas de peso una vez más. Doy un sorbo a mi café. Me encanta, es lo de siempre, con toques de chocolate y el típico saborcito a crema, pero no es el mismo porque tú no estás aquí, porque no estás mirándome divertido en la silla de enfrente, burlándote de las caras que hago cuando me quemo la punta de la lengua. Te encantaba este lugar. Decías que le faltaba la vista a la calle -especialmente cuando afuera llovía-, mas 'todo es mágico si tu estás conmigo, pequeña'... Quisiera ir a casa. Quisiera dejar de venir a este lugar todos los viernes, cada vez que llueve. Quisiera dejar de comprar los Marlboro rojos, o dejar de pedir el mismo café, o dejar de imaginarte de pie entre la fila de personas, sentado frente a mí, dando una calada a tu cigarrillo de esa manera tan jodidamente tuya que llega a dolerme. Quisiera ir a casa, de verdad, pero no puedo hacerlo porque estás en cada una de mis cosas. Estás en cada esquina, en cada libro, en cada cuerda de la guitarra, en cada fotografía en mi pared. Cada canción tiene oculta tu voz extranjera recitándome algún poema que sólo tú conocías. Te veo junto a la ventana, tu chaqueta de cuero, tus jeans gastados, tus botas café, tu cabello desordenado porque acabas de levantarte de la cama... Siempre es así, siempre que estoy en casa te imagino allí. Se acabó mi café, el cigarrillo a medio terminar se consume en el cenicero transparente que alguien en algún momento dejó en mi mesa. Supongo que ya no tiene sentido seguir en este lugar.

Llueve a cántaros, claro que sí. Por supuesto que las nubes no planean irse al menos por un par de horas. Si estuvieras aquí, me hubieras tomado de la mano y habrías hecho que corriera, que saltara en los charcos, que cantara contigo alguna canción absurda; los transeúntes nos hubieran mirado y tú te habrías reído en sus caras, y yo habría dicho tu nombre con voz aguda mientras te golpeaba el brazo -entonces tú me habrías amarrado en un abrazo y habrías empezado a correr. La lluvia trae de vuelta al niño pequeño que hay en ti. Me esperan diez minutos de caminata llenos de recuerdos... Suena el teléfono: Número privado. Quizás no debería contestar con esta lluvia, pero la curiosidad es primero.

-Hola pequeña, ¿cómo estás? Te extraño...

Sonrío. A lo lejos, hacia el lado de la cordillera, resuena un trueno. Mañana va a ser un gran día te lo digo yo.


2 comentarios:

Anacronismo dijo...

El inicio fue triste, me dio un poquito de angustia, pero el final me gustó, a pesar de haber sido cortito. Muy lindo.

Anónimo dijo...

Hola, disculpa, pero me gustaría poder contactarte de alguna forma, hay algo que quisiera preguntarte sobre una de tus entradas anteriores. Aquí te dejo mi correo: mariely_96@hotmail.com