domingo, septiembre 4



Él alzó la cabeza cuando ella dijo su nombre. Tenía los ojos empañados de ilusiones y esperanzas, como un niño pequeño que acaba de recibir exactamente lo que había pedido para Navidad. Quizás era eso, de todas maneras: un niño pequeño emocionado ante la enorme gama de posibilidades que se presentaban en su vida con esa motocicleta que en ese momento contemplaba con tanta admiración. A ella le parecía adorable, indudablemente. Era como si se hubiese quitado de encima todas esas máscaras que acostumbraba utilizar, más por estar a la defensiva que por querer engañar a los demás -ese 'demás' que, aunque indefenso en su vida, solía afectarle más de lo que gustaba aceptar, a pesar de lo inútil que eran para él-, ¡parecía querer volar lejos, muy lejos con esa motocicleta!

Ella sonrió. Pensó en decirle que era adorable, que le gustaba cómo su rostro se encendía al mirarla a ella después de lo que había hecho, después de recomendarle a 'tú ya sabes quién, querido' que le diera eso para la graduación; pero guardó silencio y lo abrazó. Se aferró a su cintura con delicadeza y un poco de urgencia, mientras él, ajeno a lo que provocaba a su mejor amiga con ese tipo de frases, se limitó a citar a Dostoievski. Por eso lo amaba tanto, y por eso él nunca lo sabría.

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