domingo, julio 10

Restos de ti (y lo absurdo que resultó intentar sostenerlos)

Me dejaste con un par de guantes negros con olor a tierra y un celular sin saldo hasta nuevo aviso, un libro de Hesse acomodado en el buró, una canción resonando en la guitarra de mi abuela, un espacio vacío en la mesa de la cocina y la voz de mi madre preguntándote cómo estás y cómo va la universidad. Olvidaste tras mis pasos cierta película de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, un perro blanco que caminaba nuestras calles, una estatua de un militar de la Guerra del Pacífico y, por si fuera poco, dejaste sobre la alfombra de mi cuarto un puñado de recuerdos y lluvias invernales con la promesa eterna de volver. Me dejaste en el aire otoñal una sonrisa de niñito desamparado y las risas de mis amigos al verte llegar con barba de indigente y chaqueta de cuero; se grabó en la pared el sabor amargo que invadió mi boca cuando te vi y comprendí que no éramos los mismos de antes, que mis sueños no habían hecho más que crecer en tu ausencia (lejos, al otro lado de lo que habíamos planeado), que tus deseos de comprensión, amparo y amor de madre ya no hallaban su lugar en mí, que yo necesitaba lo mismo que tú pero tú no estabas dispuesto a dármelo… Cuando te fuiste esa tarde sentí que dejabas en mis frágiles manos el peso de mundos sin cimientos, construidos en cielos despejados que nos habíamos obligado a ver repletos de nubes como si ellas fueran lo suficientemente fuertes para sujetar todo lo que dos mentes tan imaginativas como las nuestras se habían empeñado en tildar de ‘hechos posibles y completamente realizables’.

Ante la imagen de tu figura marchándose intenté sentir algo –similar aunque fuera- a lo que había en mí cuando te conocí. Intenté sentir, incluso, desesperación, algo que me indicara que la parte tuya que existía dentro de mí no había muerto, que seguía allí y que nada jamás podría derribarla. Pero no pude. Fui capaz de ver sobre mi cabeza las miles de promesas rompiéndose en mil pedacitos y escuchar tu voz dormida pidiéndome jamás dejarte… y mi voz pidiendo lo mismo mientras tú hacías oídos sordos a las palabras que mi boca pronuncia. Y supe, entonces, que nuestros sueños eran solo tuyos, y que los guantes, el celular, el libro, la canción y todo lo demás tendrían que encontrar un nuevo lugar en el mundo, porque cerca de mí no eran más que témpanos de hielo diminutos que desde mi cielo apenas podía ver. Supongo que en algún punto de nuestro viaje olvidé recordarme a mí misma mi propia existencia por encima de mis sentimientos hacia ti.

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