martes, septiembre 7

"Si hubieras despertado esa noche, si me hubieras visto esperando a la sombra del árbol, oculta tras la luz de la luna… Grité tantas, tantas veces tu nombre que sus esquinas se gastaron, mi voz se quebró en la última sílaba y el sonido quedó atrapado entre mi desesperación y tu indiferencia, ¡como si un nombre significara tanto…! No sabes cuánto pedí a los astros que salieras por la ventana y me tendieras la mano, cuánto rogué porque aparecieras entre las bruma de la madrugada y me sonrieras como antes, como si acabaras de susurrar muy bajito algún poema de Shakespeare, con los ojos brillosos, la voz ahogada, la boca llena de esperanzas un poco roídas… Te esperé, te esperé hasta que el tiempo, el espacio y el clima se hicieron una sola cosa, hasta que la hora era 'frío', hacía afueras de la ciudad y estaba en las tres de la mañana. Esa noche íbamos a volar, ¿recuerdas? Habías dicho que era el momento perfecto para saltar sobre las nubes y confundirnos por completo con el viento, tal vez con el mar, estar un poco más cerca de la luna y olvidar que existía un suelo al que debíamos apegarnos. Ninguno de los dos quería vivir aquí (¿quién querría, de todas maneras?) Siempre nos parecieron aterradoras las costumbres, las formas de vivir y desenvolverse de quienes veíamos pasar por los andenes de la estación de trenes cercana al río -el mejor lugar para observar, decías. Siempre nos sentimos un poco ajenos a todo, como si a alguien se le hubiese ocurrido ponernos allí en un momento de locura y luego se hubiese arrepentido, sin saber cómo borrarnos. ¿Por qué no despertaste? ¿Por qué no escuchaste los gritos? Tú, que escuchabas hasta mis susurros… ¿Dónde estás ahora? Si lograron atraparte, yo… ¿qué se supone que haga? ¿O soy yo quien se fue? Si supieras cuánto te esperé, cuánto grité…"

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