jueves, septiembre 16


Las cosas que alguna vez sostuviste entre tus manos me saludan con insultante alegría cada vez que entro a esta habitación. Parecen contentas con tu partida, tal vez hagan fiestas cuando yo me voy. Se ríen de mí. Se ríen porque te marchaste, porque casi sigues aquí, porque no me deshago de tu sombra y protejo tozudamente la primera carta que me escribiste. Me lanzo a la cama como si fuera el mar; ella me recibe con los brazos abiertos y me basta refugiarme bajo las sábanas para volver a los tiempos tuyos, cuando la cama era más tú mismo que un nimio mueble, cuando las cosas no se reían de mí y tu voz susurrando mantenía en silencio expectante a mi corazón. Tú ya no estás. Doy vueltas en la cama a ver si te encuentro, a ver si dejaste algún pedacito de tu alma escondido por allí bajo la almohada, junto a mis sueños y tu perfume, tu perfume que me embriaga entera y se niega a dejarme ir, por más que lo ruegue mientras me aprisiona con sus brazos etéreos. El techo me mira, él no se ríe, no me compadece tampoco; se está ahí a la espera de algo, casi creyendo que en cualquier segundo cruzarás la puerta con dos tazas de café, tarareando un poco de los Guns o tal vez algo de Aerosmith. El techo te conoce bien, casi tanto como yo. Te olvidaste las fotos que tomamos en París, las dejaste en el cajón de la mesita de noche y han pasado a ser uno de mis mayores tesoros. No sé cómo caminar ahora que te has ido. Prometiste que volverías, pero allá fuera todo es tan extraño y violento, y terrible y crudo… Aún resuena en mi cabeza lo último que dijiste, lo último que murmuraste antes de cerrar la puerta y dejarme aquí junto a tu soledad: "nunca me dejes ir". No lo haré, querido mío, no me atrevería a soltarte jamás, tanto es lo que siento por ti; pero recuerda que alguna vez dijimos que si tú me dejabas ir yo debía hacerlo también. Conservo tu promesa de volver en una cajita de madera junto a los recuerdos de la primera tarde de invierno (y curiosamente, la caja es el único objeto que no se ríe de mí).

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