domingo, julio 11

El Túnel



El sonido de las olas rompiendo impetuosamente en la costa contrastaba en demasía con el estruendo urbano, la mezcla de música aterciopelada que se colaba por entre los edificios de un lugar análogo a la ciudad de la furia, la misma que tantas veces había sido testigo de aventuras al azar por calles desiertas, avenidas concurridas, los encuentros fortuitos y des-afortunados entre un par de amantes inspirados en los primogénitos de Montesco y Capuleto, tal vez con un toque Cortazariano únicamente visible al ojo experto.

Los ojos castaños se negaron a contemplar el horizonte, temerosos de hallar lo indeseado al borde del barranco. Fueron a parar, sin embargo, cerca de las rocas por las que se paseaba con agilidad una doncella de cabellos oscuros, la misma de la sonrisa infinita y las manos de porcelana. Ella le saludó a lo lejos alzando la mano sobre su cabeza, como si esperara que él se levantara para ir a su lado y bromear acerca del atardecer que se cernía sobre ellos, haciendo hincapié en lo poco romántico que resultaba aquello para ambos. Un poco de charla filosófica no les vendría nada mal, pensó. Pero él no se levantaría, no llegaría hasta ella. Prefería quedarse allí, lejos, simplemente contemplándola, embelesándose con su figura frágil e inocente que en realidad escondía travesuras suficientes como para deleitar a Hades durante un par de horas, rememorando de vez en vez el sabor de sus labios y la suavidad de las caricias, la naturalidad de sus manos paseándose por su cuerpo como si fuera territorio conquistado, exclusivamente de su propiedad. Le gustaban esos recuerdos, claro que sí. Prefería, también, desenterrarlos cada cierto tiempo, ¡tenía miedo de crear nuevos! Aunque, a decir verdad, apoyaba a Castel en eso de que la vida era la constante creación de recuerdos, un enorme camino plagado de nostalgias, carente de felicidad y equilibrio, nada más que una olla rebosante de penurias y dolores… Pero esos recuerdos nostálgicos eran involuntarios, no se basaban en las decisiones que pudiese tomar respecto a quienes lo rodeaban (como ella, por ejemplo), no llegaban a tocarlo hasta el punto de querer quedarse sentado sobre la arena admirándolos como si estuvieran en un álbum de fotos dentro de su cabeza. Los de ella, los de ambos, los que incluían frases que ninguno de los dos se atrevería a pronunciar de nuevo, o también un poco de confesiones aparentemente asesinadas por el viento, los había forjado él a partir de sus decisiones, y por eso los atesoraba de esa manera, por eso prefería guardarlos en un cofre de acero para poder mirarlos cada vez que quisiera, cuidando de no abusar del deleite que le producían. Todos los demás le eran prescindibles, no eran más que parásitos que lo ayudaban a trazar un día a día que podía destrozar si lo deseaba. A veces parecía increíble, ¿sabe? A veces a él la parecía una vil mentira que los recuerdos del cofre existiesen, parecían un engaño, una mala pasada de la mente. Y se perdía, se enredaba en infinitos remolinos de dudas, de preguntas sin respuesta, océanos de temores jamás exteriorizados; se ahogaba, daba manotazos inútiles encima del mar, esperando ayuda que no vendría simplemente porque en algún punto había logrado dejar de creer en todo, incluso en sí mismo. Y ella, quien se había detenido de pronto en la cima de una roca, asustada probablemente por la expresión en su rostro, era la única prueba que tenía de la veracidad de todo ello, lo único en el mundo que podía caminar sobre el mar y tenderle la mano para salvarlo de morir ahogado. Por eso se quedaba allí y no se acercaba. Temía un poco volver a tocarla, ¿quién podía asegurarle que no se desvanecería en un abrir y cerrar de ojos? ¿Quién le daba la certeza de que el túnel de Castel no era también suyo, y ella su María Iribarne, que en realidad no estaba dentro del túnel sino fuera, observándolo? Sabía que ella resolvería todo eso si se lo preguntaba, pero también le temía a sus palabras. Tal vez la había sobrevalorado todo ese tiempo y no era quien él creía, tal vez solo era un alma perdida que de pronto encontraba refugio y un poco de realidad a su lado, nada más que eso. Y sí, él también tenía otro poco de necesidad de refugiarse en ella, mas lo aceptaba, lo sabía porque era algo suyo, ¿cómo saber lo que no le pertenecía? No quería -se negaba rotundamente- tomarse el tiempo de analizarla, no podía simplemente, no le parecía justo, quién sabe porqué. Lo único seguro dentro de sus cavilaciones era, paradójicamente, la inseguridad.

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