domingo, marzo 21

Never let him go.-


Parecía existir únicamente el mar, solo el mar. Y un poco, tal vez, de lo que destilaban sus ojos azules, esos de cielo, de espejos, de charcos de lluvia, de almas rotas y perdidas. De él, de nadie más. No me atrevía a interrumpir el momento, ¿cómo podría haberlo hecho?, ¡el universo parecía haber conspirado para que ese instante perdido entre realidades pudiera materializarse! Solo el mar y aquellos ojos, el cabello rubio ceniza jugando tiernamente con el viento, las manos de guitarrista colgando 'muertas' a cada lado, los labios inmóviles, la camisa luchando por emprender vuelo, ¡como él!. Sí, como él, que mientras más miraba el manto de eternidad azulina más parecía desprenderse de la roca en la que estaba (¿o solía estar?) parado, ¡cada vez más lejano! Desvaneciéndose, fundiéndose con aquello que todos los demás, los de 'allá atrás', no podían ver aunque intentaran, eso que parecía tan arraigado a ambos, ¡tan mío y tan suyo! Y azul, siempre azul, como los ojos incansables, indescifrables, errantes, bidimensionales; como las palabras que a veces electrificaban y alternaban mundos, como los gestos que eran capaces de hacer explotar bombas de tiempo, ¡como los solos de guitarra que él mismo se había dejado allá, en lo que a veces llamaba 'hogar'! El azul del todo se perdía entre sus ojos mientras yo luchaba por no ahogarme, sin tener la certeza de dónde me encontraba inmersa, ¿era el mar o él mismo?, sin saber si él estaba tan perdido como yo o ya había encontrado el camino al lugar definitivo. Y es que no había nada más, ¿cómo podía hallar un camino? La roca desaparecería, ¡tarde o temprano todo desaparece!, y si el mar no se esfumaba sería por milagro. Porque era eterno, claro, pero sólo hasta que sus ojos se perdían en él y lo atrapaban entre sus fauces gatunas, entre las garras apenas desarrolladas pero lo suficientemente fuertes para retenerlo durante el tiempo que él mismo estimara conveniente. Y el mar se iba, y él también, y quería alcanzar su mano pero la imagen se volvía cada vez más difusa, ¿por qué...? Sabía que noteníamos que ir, que el mar, que la guitarra, ¿pero cómo negársele a esos ojos? Mientras exista un ser gatuno con la capacidad de atrapar al mar en sus propios ojos no se le debería prohibir el pisar la costa, a pesar del cataclismo que se podría generar. Ese desconcierto provocado por la paulatina desaparición del manto eterno se veía vilmente opacado por el hecho de saber que más tarde esos ojos de mar se posarían en los míos con el fin único de transmitir todas y cada una de las sensaciones a mi esencia, y no podía negárselo, ¡claro que no! Que se perdiera, ¡que volara! No mires abajo, querido, tus ojos merecen mirar al frente a cada momento, lo que has dejado carece de importancia, debe quedarse allá, ¡no retrocedas jamás! Y conserva al mar mientras puedas, porque, ¿sabes?, tal vez si logramos devolverlo juntos a su origen logremos romper un mundo, y ese millar de sensaciones que guarda celosamente tu mirada al observar el horizonte -el camino adonde el mar se junta con la tierra, ¿verdad?- puedan desparramarse a nuestro alrededor y romperse en partículas de lluvia azul, ¡magia! Magia azulina, de libertad y ansias de 'más', misterios por resolver bañándonos con su esplendor. Y el mar allí, siempre, ¡cómo no!, devolviéndonos la mirada orgulloso. Solo eso. El mar, la magia, el sujeto de los ojos azules y manos de guitarrista, la chica que no se atreve a romper el momento -pero tarde o temprano se verá atrapada entre las garras del gato azul.

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