domingo, diciembre 27

Análogo



Había pasado por la misma situación muchísimas veces, pero en ese momento en particular el miedo me carcomía y ni siquiera me atrevía a abrir los ojos. Él siempre desaparecía. Siempre se iba al amanecer y lo había sabido apenas lo había conocido, unos cuantos años atrás; pero en aquellos tiempos nada físico sucedía entre nosotros y no existían encuentros esporádicos en ciudades al azar (que, dicho sea de paso, me confirmaban lo mágico de la conexión que teníamos y que a la vez al parecer nos negábamos a aceptar), no habíamos dormido juntos y no sabía qué se sentía el tenerlo tan cerca de mí, como si fuéramos uno solo... y, lo más importante, no existía ningún lazo sentimental de por medio, al menos no al extremo de acabar en la misma situación cada vez que nos encontrábamos. En algún punto de esos años de viaje sin destino fijo había llegado a enamorarme de él -a mi manera, un poco bizarra y fría-. Y sabía que él también sentía algo poderoso por mí, pero estaba conciente, también, de que no lo aceptaría con mucha facilidad, y aunque ya habían pasado un par de años tenía muy claro que era muy poco probable que las cosas cambiaran.

Me deslicé por la orilla de la cama aun con los ojos cerrados, pues no estaba preparada para encontrarme con la cama vacía y una notita con alguna frase de algún filósofo de la antigüedad o la letra de alguna canciónd de Bob Dylan o Steppenwolf. Mis pies tocaron la cerámica fría y experimenté el clima invernal de la mañana, ese que, cuando llega, es mejor acomodarse bajo las sábanas y aferrarse a un cuerpo tibio y el suave latir de un corazón. Pero no podía hacer eso, porque él no estaba allí y no... no podía enfrentarme a esa idea una vez más. Decidí que lo mejor era vestirme evitando echarle un vistazo a la cama, que lo mejor era escaparme de allí lo más pronto posible. De pronto, algo me detuvo. Sentí que alguien tomaba suavemente mi muñeca -apoyada en el colchón- y me atraía hacia las sábanas una vez más; me volteé con temor, creyendo que tal vez podía ser producto de mi imaginación o alg así. Sin embargo, mi sorpresa fue grande cuando me encontré con la agradable imagen de mi desconocido observándome soñoliento desde el otro lado de su lecho, con una media sonrisa, el cabello negro revuelto y el torso descubierto.

-¿A dónde vas, mujer errante? Quédate.

Se incorporó y se acercó a mí, rodeándome con sus brazos y logrando que me estremeciera, como cada vez que me hallaba presa de su alma. Me besó cariñosamente el cabello, diciendo que me quedara bajo las sábanas un poco más, que hacía mucho frío y, lo más importante, que no se iría pronto. Me cubrió con el edredón y entrelazó su mano con la mía, acariciando mi mejilla con suavidad; de alguna manera sabía que no diría nada, que no diría te amo ni mucho menos te quiero, pero me bastaba con sentir que su corazón latía descontroladamente y que simplemente estaba allí, conmigo, que esa vez no se había ido y que, como él había dicho, no se iría pronto. Me pregunté, súbitamente, si acaso el sujeto que no se quedaba más de dos semanas en un lugar había encontrado su lugar en el mundo. Y como si hubiese leído mi mente, susurró:

-Creo que me quedaré aquí. He viajado por muchos lugares, pero este tiene algo especial...

-Yo creo que es perfecto para ti -respondí, en un hilo de voz- Cuando llegué me recordó inmediatamente a la primera vez que te vi.

-¿Te quedarías conmigo en este lugar?

Alcé la cabeza para comprobar que de verdad quería que me quedase con él. Sus ojos brillaban de la misma manera que la primera vez que habíamos hecho el amor, en un pueblo lejano durante un atardecer de abril. Sonreí.

-Para siempre.

-¿Siempre?

-Por supuesto, ¿tú no?

-Para siempre.

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