domingo, junio 14

Aterrizaje forzoso


El móvil había estado tirado en el piso durante casi dos horas y la muchacha no se había levantado a recogerlo. Yacía en la cama, en posición fetal, con los ojos fuertemente cerrados y los labios fruncidos. El reproductor de CD's había dejado de sonar hacía pocos segundos y los inciensos se habían agotado hacía rato, mientras que afuera ya no brillaba el sol. Todo se había acabado... y entre tacitas de café y trocitos de chocolate se había tomado el tiempo de bajar de su nube de estabilidad y aterrizar en la realidad, notando que extrañaba en demasía cosas que daba por superadas y enterradas en el pasado. Entonces lloró... permitió que las lágrimas marcaran su camino en sus mejillas y mojasen la almohada; dejó que de su boca escaparan gemidos de dolor y que la música opacara sus quejidos. Nadie la oiría. Nadie acudiría a prestarle un hombro para llorar. Porque ella no quería que alguien la abrazara fuerte y le prometiera que todo iba a estar bien; sabía que eso no era verdad. Ella sólo quería llorar por lo perdido, por lo acabado. Quería lamentarse, quería decirse mil veces que le echaba muchísimo de menos. Quería recordar lugares que había visitado con él y recordar la mayor cantidad de detalles de aquellas tardes... Y se acurrucó en la cama, tiritando, luego de cerrar la ventana para que el humo del incienso se mezclara con el aroma del café recién acabado. Lanzó a los pies de la cama el libro que había estado leyendo y cerró los ojos, adolorida. Realmente le echaba de menos, y no había notado cuánto. Debía dejar de decirse que lo entendía, pues de verdad no lo hacía... no podía entenderlo, no comprendía nada de lo que había pasado y nada de lo que él había dicho tantas veces. No quería estar sin él, no quería que él se perdiera de los detalles de su rutinaria vida ni quería perderse las pequeñas cosas de lo que él vivía. No quería dejar de hablarle, no quería... perderlo. Pero ya no podía hacer nada contra eso, porque él ya se había ido y ya le había dicho que quería olvidarla. Él ya no la miraba, ya no le hablaba... ya no se miraban ni se hablaban. Y a veces ella creía que todo eso resultaba mucho más difícil para él, pero enseguida notaba que estaba pensando demasiado en ello... Y hacía lo mismo que ese día. Se acurrucaba en su cama, cerraba los ojos... y lloraba. Lloraba por él. Sí, lloraba por él. Porque le echaba de menos, porque lo quería, porque no quería perderlo. Porque se engañaba a sí misma a diario, porque no podía continuar así y porque ya no podía seguir siendo paciente... Las cosas se habían escapado de sus manos. Y no arreglaría nada llorando en su cama, pero ella sabía que de ninguna forma arreglaría algo... Entonces se permitía un par de horas a la semana o al mes para aterrizar y ver la realidad. Casi siempre eran los domingos, después de verle un sábado... Pero durante la semana todo volvía a la normalidad y olvidaba todo. Sin embargo, en ciertos puntos del día, se detenía una milésima de segundo para que una parte suya recordara cuánto le extrañaba. Y le incomodaba... pero le agradaba un poco saber que aún podía sentir.

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