viernes, junio 9

Doble

Las ventanas de los aviones son dobles. Tienen una cara que da hacia dentro del avión, y otra que da hacia fuera. En medio, supongo que algún sistema que impide que ambas caras se destrocen con la presión en altura. Siempre que viajo, intento tomar un asiento que esté hacia la ventana, especialmente cuando no estoy particularmente apurada por aterrizar, o cuando no llevo maleta en la bodega del avión. Me gusta ver cómo es que voy dejando el valle para internarme en el desierto, en los cerros con cicatrices, en el mar que parece querer comerse a la tierra. Me gusta adivinar sobre qué ciudad estamos pasando. Casi siempre le acierto. Seis años viajando del centro al norte del país me ha hecho intuir cuando vamos por La serena, o cuando vamos sobrevolando Copiapó. Pero cuando es de noche, no puedo ver nada de eso. No suelo viajar de noche, pero por lo general, cuando lo hago, me dedico a leer el libro de turno o a dormir, sin ganas realmente de mirar la oscuridad de afuera, donde no se distingue la tierra del mar y el cielo. En este momento, sin embargo, estoy mirando hacia afuera. Lo curioso es que ese afuera no es otra cosa que yo misma. No hay mar. No hay tierra. No hay Copiapó ni La Serena. En la ventana solo estoy yo. En la oscuridad de la noche estoy yo. No hay luna, ni estrellas, ni nubes. No se ve nada de eso. Está ella, observándome, llevándome hacia la oscuridad para poder mirarme inevitablemente. Mi reflejo me mira, curiosa, intentando adivinar qué escribo, qué leo. La doble cara de la ventanilla hace que mi reflejo también sea doble: hay otra yo encima mío, proyectando mi figura en la oscuridad, mirándome por sobre mis propios ojos, escribiendo encima de mis manos, frunciendo el ceño encima de mis cejas. Pero soy yo. Soy doble. Una de ellas es mi fantasma. A veces, el fantasma se apodera. Cuando salga del avión, me habré quedado en el reflejo de la doble ventanilla, esperando el aterrizaje, esperando el fin del escrito. Cuando salga del avión, mi fantasma caminará por el pasillo, recorrerá el aeropuerto y se encontrará con los demás. Seré yo, pero seré ella, la que a veces me mira con curiosidad, o con recelo, incitándome a pedirme perdón, a mirarme en el espejo de la doble ventanilla del avión sin excusas. Y cuando me vaya, seré ambas: oscuridad y luz. 

viernes, junio 2

Cada historia tiene tres dimensiones: estancamiento, resignación y crecimiento.

jueves, junio 1

El lenguaje es heteróclito y multiforme

No soy muy amiga de las ciencias lingüísticas, pero reconozco su importancia en nuestra sociedad, sobre todo en la actualidad. Y aunque no me dedique específicamente a su estudio, valoro mucho la capacidad que tiene la lingüística de mutar y adaptarse a su época, a los avances tecnológicos, a los cambios del mundo en que vivimos y, en general, a las inquietudes e intereses de los sujetos a los que estudian. A diferencia de la literatura, por ejemplo, que suele ser la última de las artes en sumarse a los cambios de perspectiva del sujeto, la lingüística a veces parece, incluso, adelantarse a ellos, lo que hace del arte de estudiar el lenguaje una de las áreas de investigación que más puede aportar a la comprensión del ser humano como ser social, inserto en un tiempo y un espacio específicos. Por eso, cuando una persona que se dedica a estudiar el lenguaje se introduce en el mundo de la pedagogía, comienza a desarrollarse un diálogo sumamente enriquecedor entre ambas áreas. Para pasar de una a otra, se vuelve necesario trasladar el foco de atención precisamente a los sujetos, a quienes escuchan a diario en el aula, y dejar un poco de lado el academicismo imperante en las ciencias, desde las universidades, para pasar a lo concreto, a la realidad misma de las personas. El problema es cuando  este traslado no se lleva a cabo, cuando intentamos meter a la fuerza lo académico en una instancia que no lo es, que está saturada de conceptos y contenidos descontextualizados, lejanos al sujeto, y que necesita urgentemente ese puente entre ambos espacios, entre lo conceptual y lo humano. Quien puede llegar a hacer este puente es el profesor; somos nosotros, quienes hemos dejado de lado por un rato la lingüística y la literatura para acercarnos a la realidad de las cosas, a la enseñanza. Pero cuando esto no ocurre, nos quedamos con profesores intransigentes, que imponen sus verdades escudándose en el academicismo, en lo técnico, en los conocimientos científicos que adquirieron sagradamente durante cuatro o cinco años. Como si ese fuera el único fundamento de su forma de ver el mundo, no aceptan otros tipos de razonamientos, como aquellos basados en las experiencias, en los ejemplos, en la sociedad. Hoy fui testigo y participante de una discusión muy tradicional, pero que, sin embargo, nunca esperé encontrar en el espacio de la sala de clases de mi universidad, mucho menos entre personas adultas que manejan un nivel de conocimientos y habilidades comunicativas similares. Una de las partes se mostró completamente intransigente, negándose a escuchar los argumentos del resto y refugiándose únicamente en las conclusiones teóricas sobre el lenguaje: si una palabra es una construcción social, no podemos cuestionarla, porque nace ante una manifestación de los sujetos, y eso la valida ante la sociedad. Si bien esto es cierto, y podemos entender que todo lenguaje es, a fin de cuentas, una construcción que varía de acuerdo a su contexto y los significados que se le atribuyen en distintos tiempos, no podemos pretender que el hecho de surgir desde una sociedad legitima por completo su presencia en el mundo. ¿Qué pasa con los insultos, por ejemplo, que surgen mayormente desde una perspectiva negativa sobre la mujer (me refiero a cosas como hijo de perra, o zorra, entre muchos otros chilenos que no vale la pena mencionar aquí)? ¿Qué pasa con los insultos raciales, como culombiana, que tanto escucho cada vez que voy a Antofagasta? ¿Acaso son válidos porque surgieron en un contexto determinado y pueden ser explicado dentro de términos de fenómenos lingüísticos y sociales? Sí, podemos comprender el trasfondo de las palabras y sus significados, a qué aluden, por qué surgen, pero eso no quiere decir que no podamos cuestionarlos. Más aún, como profesores, nuestro deber es precisamente cuestionar la manera en que estos significados se van construyendo -si no lo hacemos, ¿cómo podemos pretender introducir el pensamiento crítico a las salas? Todos los profesores jóvenes, en formación actualmente, o al menos la mayoría de ellos, propone una pedagogía crítica, que cuestione el funcionamiento de la enseñanza actual, que responda enérgicamente a las tradiciones de nuestra propia escolaridad, y que no se estanque en discusiones teóricas que no tienen mayor importancia para nuestros estudiantes, quienes viven y sienten el lenguaje de manera distinta a quienes lo han estudiado por años.

Me refiero, específicamente, a un hecho particular que ocurrió hoy en una de mis clases en la universidad, y que me sorprendió precisamente porque hasta hoy estaba completamente segura de que todos estábamos en el mismo lugar de cuestionar nuestros propios conocimientos sobre nuestras áreas de especialidad. De eso se trata la pedagogía, después de todo: de cuestionar los programas, los contenidos, los lenguajes utilizados, para hacerlos propios y plantear una perspectiva propia que mueva a los estudiantes, que los haga preguntarse por las cosas, cuestionar el mundo, cuestionar lo establecido y lo oficial. Si no, ¿por qué estamos educando? ¿Queremos que repitan? ¿Queremos que solo entiendan lo que hay detrás, pero que no vayan más allá de eso? ¿Queremos que sepan cada vez más, y que vayan llenando canastos y canastos con datos y teorías, sin perspectiva crítica? Si la pedagogía me ha enseñado algo, es que mi conocimiento no es absoluto. Sé mucho sobre muchas cosas, pero al momento de establecer las relaciones con los estudiantes, no puedo apoyarme tan solo en él; un conocimiento que, después de todo, está hecho y pensado para unos pocos, para los veinte que logramos graduarnos hace dos años, para los dieciséis que nos reunimos cada jueves en una sala que parece transporte público. Tengo que hablar de la realidad, desde ella, para ella, y en ella. Educar es poder observar y comprender esa realidad para luego, desde allí, llegar a establecer una relación entre todo ese conocimiento enciclopédico almacenado en mi cabeza, y que esta relación sea crítica, cuestionable, tanto para mí como para los estudiantes.

Lo que ocurrió hoy me dejó con una sensación extraña.Si vamos a validar un insulto solo porque entendemos su origen y la manera en que se estableció, lingüísticamente, en nuestra sociedad, entonces no podemos esperar que los estudiantes critiquen lo que ven y escuchan a diario. Un insulto no es válido solo porque lo entendemos; de hecho, porque lo entendemos es que podemos cuestionarlo, argumentar en contra de su uso, enseñar a nuestros estudiantes a pensar por qué ciertas palabras tienen ciertos significados, y por qué deberíamos criticarlas y repensarlas antes de utilizarlas. En medio de estas reflexiones, pensé en la definición de Saussure sobre el lenguaje: heteróclito y multiforme, pues se presenta en variadas formas, y cada una de ellas tiene sus propias convenciones y normas. Saussure nunca abordó la parte social del lenguaje, pero sí la reconoció, y dentro de todo el estructuralismo de su teoría, estableció la variedad como característica principal de éste. En el contexto actual, esta variedad pasa por la multiplicidad de perspectivas que se reúnen en las lenguas, y cómo éstas dialogan permanentemente en los discursos de los sujetos, más allá de lo estrictamente técnico. Detrás de esa variedad, lo que siempre encontramos es la crítica: existen diversas posturas porque tenemos la capacidad de cuestionar, de responder ante lo que no consideramos correcto desde nuestra forma de ver el mundo. El diálogo es enriquecedor, y la multiplicidad de posturas siempre es bienvenida, pero cuando se niega la existencia de otras para imponer la propia, y se invalida al resto solo porque no piensan como tú, porque 'no tienen la capacidad de entender', como si fueran menos que tú, estamos ignorando la variedad del lenguaje, una de sus principales características desde el origen de la lingüística. El lenguaje es diálogo, es crítica, cuestionamiento, compartir y contrastar perspectivas y formas de ver el mundo. Si fallamos en percibirlo nosotros mismos, que realmente contamos con las herramientas suficientes para hacerlo, entonces no podremos jamás impulsar a nuestros propios estudiantes a que lo hagan. Y entonces, no solo estaremos negando la naturaleza misma del lenguaje, sino que, peor aún, estaremos evitando que nuestros estudiantes observen  y piensen el mundo de manera no absoluta, siempre crítica, siempre cuestionando, siempre dudando -porque desde la duda y el cuestionarse surge el saber de la experiencia.
"Have not one life, but many;
I declare my titles proudly.
I am not one but infinite.
Artist coursing through veins,
Writer mentality,
Mannerisms of a stage act."
— Olive K.


Fuente:

martes, mayo 10

The best way I can love you is by not losing myself in you, but growing with you.

viernes, enero 1

Mapamundi

Cuando era pequeño, decidió que su objeto favorito en todo el mundo eran los mapas. Cierto día su abuelo llegó a casa con un antiguo mapa dibujado en cuero, no solo de América sino que de todos los continentes, incluyendo la Antártica (algo de lo que no se enteró hasta verlo allí, en el extremo del rústico mapamundi casi como si no estuviera realmente). Pasaba tardes enteras viajando con el dedo índice entre los relieves y texturas, siempre bajo la contagiosa risa del abuelo y una taza humeante de chocolate caliente. Al llegar el fin del invierno había marcado más de cincuenta lugares que pretendía visitar junto con el abuelo, cuando fuera grande y tuviera un automóvil idéntico al que aparecía en una fotografía que él tenía en su mesita de noche. Recorrer Europa, conocer cada rincón de América del Sur y bucear en el  Caribe: el abuelo nunca puso límites, y él mismo no conocía aún el significado de esa palabra. Pronto las paredes de su cuarto estuvieron llenas de mapas de distinto tipo, actuales y medievales, políticos y físicos, grandes y pequeños. Quería ser explorador, y se imaginaba manejando por las carreteras del mundo junto a la infinita risa de su abuelo, la música de Frank Sinatra y el aroma de los rollitos de canela en el asiento trasero, los favoritos de ambos.

Pero cuando comenzó a llegar el verano su padre decidió que debía concentrarse en algo más productivo que hacer viajes imaginarios por lugares a los que nunca iría, y le regaló libros de matemáticas, de historia, de ciencias. Él se vio obligado a remplazar las tardes junto al abuelo por semanas enteras repasando las clases después de la escuela. Y en algún momento, sin darse cuenta, se vio a sí mismo rechazando las invitaciones del abuelo a viajar por el mundo, prefiriendo quedarse en la biblioteca para no fallarle a papá. Tenía nueve años, y pasó mucho tiempo hasta que volvió a probar rollitos de canela.

Las estaciones y los años siguieron su curso hasta que llegó el otoño. Durante un descanso largo, su padre lo envió a pasar el fin de semana en casa de su hermano mayor, que se había ido de casa cuando él tenía cinco. Cuando volvió a casa se encontró con las paredes de su cuarto completamente vacías. No quedaba ni un solo mapa, y el primero, el de cuero, descansaba torpemente enrollado encima de la cama. Escuchó los pasos de su madre en la escalera. Cuando se volteó a verle supo que algo andaba mal. Vestía completamente de negro, y lo único que le dijo antes de marcharse llorando fue que se pusiera su traje negro y que fuera a la sala lo más pronto posible. El abuelo había muerto. Tenía ochenta y siente años, y él apenas once. Pero después de esa tarde, decidió que todos los planes de viajes y aventuras habían sido una gran mentira, y que no valía la pena seguir perdiendo su tiempo en asuntos que nunca ocurrirían de todos modos. Su padre siempre había querido que fuera profesor de Historia, tal como él, y supo que ese sería su objetivo a partir de ese momento. Nunca más escuchó a Frank Sinatra, ni pidió rollitos de canela al salir a comer. Y, después de un frío invierno en que su madre no hizo chocolate caliente ni una sola vez y dejó de esperar el sonido de una risa contagiosa, olvidó al abuelo como si se tratase de un mal recuerdo.

miércoles, septiembre 23

El miedo a la página en blanco: tocar la inmensidad de posibilidades con la punta de los dedos, sentir la amenaza latente de lo que ya no está, lo que se ha perdido entre palabras no dichas e historias sin contar. En la esquina superior acecha la evidencia de lo que ya no soy -de lo que no volvería a ser, pero que, sin embargo, se rehúsa a dejarme en paz; me vigila en sueños, me golpea desde el fondo de mis recuerdos para derrotarme en el momento menos esperado. No soy lo que fui, no quiero volver a serlo, pero cómo duele... cómo duele haberme perdido, cómo duele la certeza de que la magia se la llevaron ellos, se quedó en esa noche eterna de océanos indomables y casas que aún hoy se caen a pedazos; cómo duele no ser posible todavía de abrazar por completo este nuevo tipo de magia. Puedo sentirla, a veces, fluyendo desde la punta de mis dedos, intentando transmitirse a otro cuerpo, a otro ser que pueda recibirla, pero no llega, no alcanza, no se puede. ¿Será que no es suficiente? ¿Será que le falta luz? ¿Será que necesita más energía? ¿Será que no existe? Tengo algo atascado aquí adentro que lucha por salir, pero se queda atrapado entre quién sabe qué cosas, qué tipo de redes que impiden torpemente su consumación. Tengo algo en la punta de la lengua que se pierde entre todo lo que digo, huye despavorido ante la posibilidad de ver la luz -¿o la oscuridad?. La página en blanco, o la soledad misma, la habitación vacía y el departamento como ausencia absoluta, como el lugar en que se hace más evidente que no está aquí, conmigo, iluminándome con su propia luz siempre azulina. El sofá vacío y la soledad. Sola es recordar que me falta algo, que a pesar de hay algo que continúa insistiendo en estar ausente. Sola es no poder mirar hacia adelante, o hacia ahora, y perderme inútilmente en lo que ya no fue, en lo que precisamente me amarra y me hunde en aguas turbias, inquietas. Sola es comprobar que esa playa también tiene una noche: el sol también se esconde, y con la luna siempre llena ya no llega la energía inmensamente vivificadora de antes, sino que siempre -desde entonces- la inquietud, el miedo, la desesperación.

¿Me ves, realmente? ¿Entiendes lo que digo cuando lo digo? ¿Cómo lo explico si esta es la única forma de decirlo?